
|
José B. Adolph Nacido en 1933 en Stuttgart, Alemania, reside en el Perú desde 1938. Es ciudadano peruano desde 1974. Periodista colegiado. Ha publicado los siguientes libros de cuentos: El retorno de Aladino (Lima, 1968), Hasta que la muerte (Lima, 1971), Invisible para las fieras (Lima, 1972), Cuentos del relojero abominable (Lima, 1973), Mañana fuimos felices (Lima, 1974), La batalla del café (Lima, 1984), Un dulce horror (Lima, 1989), Diario del sótano (Lima, 1996). También las novelas La ronda de los generales (Lima, 1973), Mañana, las ratas (Lima, 1984), y Dora (Lima, 1989), y Teatro, (Lima, 1986), que incluye cuatro obras premiadas. La trilogía novelística «De Mujeres y Heridas», que incluye Ningún Dios, Especulaciones sobre otro Barco y La Profunda Maldad del Universo, así como la novela La verdad sobre Dios y JBA. Tiene cuentos traducidos a los idiomas inglés, alemán, sueco, flamenco, francés, polaco, húngaro e italiano. Cuentos publicados en antologías y textos universitarios de Estados Unidos, España, Argentina, México, Suecia, Bélgica, Alemania, Polonia. Ha ejercido diversos cargos periodísticos en diarios y revistas en el Perú y en el extranjero. |
|
MUERTE DE LA MUÑECA
Encontré a Marcelo acurrucado en un rincón de su habitación llena de muñecas, convertido en una mujer destrozada. Pensé alguien, al fin, que realiza su utopía personal: ser mujer y estar muerta, rodeada de lo que más amó. Recordé, al verlo destruido, la pintura de Marcos, que en su momento nos pareció aventurada: nuestro Marcelo, nuestro genio mutilado por la lobotomía, con esas pavorosas resquebrajaduras en rostro, piernas y manos, clavado no a una cruz sino a un rollizo mercader rembrandtiano que lo acogía con los brazuelos extendidos en una irónica bienvenida. Mi horror en esa mi última visita a su cuartucho del caserón decaído en Miraflores no era puro; convivía con un meticuloso alivio, más intelectual que emotivo. Cuando castraron su inquieto cerebro en esa clínica sobre el mar de San Miguel, habían eliminado, con su obsesión suicida, la mayoría de sus talentos. Iba a ser, decíamos, el mejor pintor y probablemente el mejor poeta vivo del Perú o de Latinoamérica: llevaba color a los versos y música a sus cuadros. Es decir, si no le ganaba antes su vocación de muerte. Pero los médicos sufren de una idolatría de la vida que los obliga a escoger el éxito profesional antes que la respuesta justa. Lo condenaron, con la afamada mejor intención, a vivir sin sí mismo. Ahora, semejante a un pequeño ídolo arrinconado, con un rictus pacífico en los resecos labios y vestido con los harapos que no lograron nunca disfrazar su oscuro orgullo, parecía dormir rodeado de su sangre y de las figurillas que, al menos para él mismo, lo representaban y lo amaban. Esos harapos eran femeninos. Sus mejillas sin afeitar no. De su mirada tierna y de sus inflexiones verbales de gran dama ya nada podía decirse; naturalmente habían huído con él –o ella-, quizás al encuentro de las neuronas extirpadas medio siglo antes. Con su muerte, tuvo la inmensa, envidiable fortuna de optar por la dulzura de la dignidad. Llamé a unos amigos, nos encargamos de los trámites, lo acompañamos a un nicho, lo intentamos olvidar como se le había olvidado mientras vivía. Pero algo en su muerte, en su triunfo, me obliga a refutarme, porque no es del todo cierto que vivió sin sí mismo. Es muy posible que el despojo de su arte le hiciera ganar la escondida voluptuosidad del autorreconocimiento. Sólo cierta desafiante locura parece permitir tal cosa. ¿Hubiera sido “feliz” como gran pintor o poeta condenado a la masculinidad? ¿Le hubieran satisfecho sus cuadros o poemas más que sus muñecas, recogidas primero al azar de basureros y rellenos sanitarios y luego solicitadas con humilde coquetería de casa en casa? Nosotros perdimos su arte por medio de un bisturí, es verdad, pero ¿qué perdió y ganó él? A veces sospeché y sospecho que su sonrisa no era sólo máscara, y que el robo de su genialidad nos dolió más que a él. Tenía sus muñecas rotas y su femineidad. Siempre somos los cuerdos quienes definimos. Los otros están demasiado ocupados. Más simple: ¿hay locuras que son, más bien, un retorno a una razón más esencial? En el colegio era alto y despeinado. Dibujaba obsesivamente, reía mucho y llevaba malas notas a su casa. Cada cierto tiempo se ausentaba: los amigos sabíamos que nuevamente había intentado cortarse las venas. Al volver, nos mostraba no sin vanidad la aglomeración de cicatrices en el antebrazo izquierdo. No sé cómo logró graduarse y luego desapareció para volver con la cabeza vendada al bar en que nos citábamos. Salvo cierta mirada soñadora, un exceso de risas y una lentitud al hablar, no notamos otros cambios. Pero los deliciosos poemas y los precoces óleos dejaron de fluir. Nos acompañaba, nos seguía queriendo, pero lentamente comenzó a apartarse del grupo para recluirse en la casona familiar, donde todo el mundo parecía dedicarse a vender cosas y a morir. En los siguientes años lo vimos en galerías y, cuando éstas lo marginaron por su aspecto, en parques públicos donde los pintores exhibían su obra: Marcelo ayudaba a cargar los materiales por una propina; de vez en cuando hacía algún dibujo sentado entre niños, perros y palomas, casi siempre sonriente y cada vez más flaco. Conversar con él se hacía incómodo por su creciente amaneramiento: teníamos miedo de ser vistos con él, sobre todo cuando su ya raída vestimenta empezó a incluir prendas femeninas: intentaba, como suele ocurrir en estos casos, ser más femenino que las mujeres. Liberales y todo, especialmente después de los años sesenta, éramos machos peruanos: nuestro terror, bien disimulado, se asemejaba al que provocan todas las pestes. Esa es una explicación, porque justificación para nuestra cobardía no hay. Sólo dos de nosotros, y después uno, continuamos viéndolo, aunque sólo en privado, en ese caserón amenazado por la desintegración y los embargos. Y allí estaba él, en su cuartucho detrás de los grandes ambientes polvorientos y los muebles enfundados, sentado en una peligrosa silla, bebiendo café en polvo barato, comiendo pan con queso, rodeado de decenas de muñecas mutiladas. Las muñecas eran parte de todas nuestras conversaciones, no sólo como oyentes. Además de hablar se movían; a veces Marcelo le pedía a alguna que trajera una cuchara o abriera una cortina. Naturalmente la muñeca –Doris o Alejandrina o Betsabé- obedecía. En ocasiones danzaban, y Marcelo me confiaba que muchas tenían sangre celta y descendían de la “little people”, la pequeña gente, los duendes o leprechaun. No eran originales de los afamados fabricantes franceses de muñecas del siglo diecinueve como Bru, Jumeau o Steiner, esas pequeñas coquetas de biscuit, o las más infantiles de Alemania. Pero, modestas, proles, de trapo, madera, cartón, eran sus mejores amigas, mucho más cercanas que cualquiera de sus escasos visitantes. ¿Quiénes, además de nosotros? Pues parejas de una noche, generalmente sujetos que huían avergonzados al llegar nosotros o adoptaban una pose desafiante y grosera. Me parecía escuchar sus carcajadas a la vista de las muñecas bailarinas, sentir los golpes que recibía Marcelo, la humillación de la degradación, el placer infame. Hicimos lo posible por no verlos, pero no siempre era posible. En ocasiones, cuando Marcelo estaba solo, dejábamos algo de dinero sobre la mesa, junto a la nostalgia. Marcelo, gran dama, optaba por no darse cuenta. Entre tanto (un entre tanto de medio siglo) Lima se había transformado de esforzada aldea a informe monstruo y los excéntricos se confundían con los pobres. La miseria barría con el surrealismo. Harapos, peinados extraños, plumas y coronas –en los años cincuenta todavía encantadores o atemorizantes signos de rebeldía y de sagrada locura entre las clases más afortunadas-, en los tiempos del ocaso o del renacimiento –cuestión de opiniones- de Marcelo carecían de significado filosófico y pertenecían al reino de las estadísticas sociales. En la práctica cotidiana, la de los sectores C, D o E, esas estadísticas arrojaban a los marcelos (que ya no se rebelaba, aparentemente, contra nada) al montón indiscriminado de los no globalizados. Pero él no hablaba de esas cosas; parecía indiferente a su marginación. Yo trataba de explicármelo -en las escasas ocasiones en que pensaba en él o le conversaba- sospechando que su rebelión persistía, pero en otra forma: como si ya no fuera conciente de ella, como si la hubiese incorporado a su yo esencial. Yo veía a Marcelo como un Ghandi sin ideología y sin futuro, que arrojaba su lobotomía al rostro del universo junto con su protesta contra los valores de un mundo básicamente masculino, cuyos muñecones él reemplazaba con lo que podría ser su emblema: las muñecas (siempre femeninas) en desintegración. Yo, como todos, vivía mis propios problemas: débil excusa. Debí, debimos hacer más por Marcelo, aunque no sé exactamente qué. ¿Cómo solidarizarse con alguien que ni siquiera dice “no”? El dinero, por sí mismo, no era sino una herramienta para prolongar la vida de la locura: la insolencia de las definiciones. ¿Con qué derecho pretender separar a Marcelo de su “locura”, siquiera enunciarla como tal? Por otra parte, dolía verle arrastrar su pobreza, su rol femenino, su falta total de ambiciones incluyendo las creativas. Por momentos yo sentía que el imbécil (o el loco) era yo, preso del supuesto prestigio de ser macho, de llevar mis camisas planchadas, de trabajar en lo mío sin plantearme sino en ciertas madrugadas insomnes el para qué. Marcelo carecía del para qué, sin el cual no se construyen pirámides ni se componen los conciertos de Brandenburgo. Era libre de cualquier tentación de sembrar un árbol, escribir un libro o tener un hijo. No será casualidad que lo haya comparado con Ghandi, quien naturalmente tenía su para qué pero que fue vecino al menos geográfico del Buda. La sangre en su vestido y en el piso del cuartucho no fecundó nada. ¿O sí? Carecía de familia, con excepción de unos primos que se desentendieron de él en vida y en muerte. Acepté la sugerencia de los primos de quedarme con lo que quisiera; nada tenía valor material y el sentimental les aburría. Me llevé, pues, las muñecas –sin para qué- y ahora me rodean, no sé si felices o desgraciadas: temo que lo último, porque se están quietas, sin hablar, sin danzar, ajenas al amor o al odio, simplemente mirándome. Les devuelvo la mirada, ansioso, tentado de cogerlas una por una, abrazarlas, besarlas, levantarlas en brazos y ponerme a bailar con ellas un vals infinito, dulce y triste, alegre y sangriento. |