. Isaac Goldemberg nació en Chepén, Perú, en 1945. Reside en Nueva York desde 1964. Ha publicado tres novelas, once libros de poesía, tres obras de teatro y una antología: El gran libro de América judía. Su obra ha sido traducida a varios idiomas y publicada en numerosas revistas y antologías de Europa, América Latina y los Estados Unidos. Ha recibido varias distinciones y premios: En 1977 su novela La vida a plazos de don Jacobo Lerner —publicada en su séptima edición por Sefarad Editores de Madrid, 2005— recibió el Premio Nuestro y en el 2002 fue seleccionada por el National Yiddish Book Center como una de las 100 obras más importantes de la literatura judía mundial de los últimos 150 años. En el 2003 su pieza Golpe de gracia recibió el Premio Estival de Teatro en Venezuela. Sus libros más recientes son la novela El nombre del padre (Alfaguara 2002) y los poemarios Los Cementerios Reales (Editorial Umbra, 2004) y Memoria (Editorial de la Universidad de Puebla, 2005). Actualmente Isaac Goldemberg es Profesor Distinguido de Eugenio María de Hostos Community College (City University of New York), donde también dirige el Instituto de Escritores Latinoamericanos y la revista de cultura Hostos Review.

 

 

La gran telenovela de América latina (Fragmento de novela)

 

Amores judíos y no judíos

            

             Esa misma noche, en un restorán chino-cubano que quedaba en la esquina de Broadway con la calle 113, Ángel le contó a su hermano la conversación que había tenido con la vieja, quien había ido a buscarlo a su departamento y ahí, en plena puerta, le comunicó tajantemente que iba a demandar al dueño del edificio —cosa que sí se estilaba en Nueva York— por los daños y perjuicios sufridos a causa de la caída del ascensor. Según ella, había sufrido graves lesiones al cuello y a la columna (la vieja se apareció con el cuello prácticamente enyesado y apoyada en un bastón) y le pidió a Ángel que se hiciera parte de la demanda. Fingir una lesión no era nada del otro mundo y tenía la plena seguridad de que recibirían una cantidad considerable de dólares, tan necesaria para ella que se había quedado viuda y sin sustento. Cuando Ángel se negó a hacerse cómplice del fraude, la vieja amenazó nuevamente con reportarlo a inmigración y hasta estuvo a punto de propinarle un bastonazo por la cabeza, quién sabe si para causarle una lesión y propiciar de esa manera su alianza en la demanda.  

             —La vieja tiene razón. Me parece una idea excelente, fabulosa. No debes desaprovecharla. Te puedes hacer millonario —le dijo Daniel pensando ya en su tajada, oportunidades como ésa no se presentaban todos los días y había que aprovecharlas al máximo—.  Eso sí, tendremos que conseguirte un buen abogado y un médico dispuesto a constatar todas tus dolencias.

             —¿Cuáles dolencias? —preguntó Ángel.

             —Todas las que el médico diga. Tú no te preocupes que yo me encargo de todo. Conozco a un médico que es un genio de las lesiones falsas.

             Ahí fue cuando sus ojos se cruzaron con los de la mulata que estaba sentada en la mesa de al lado. Él le sonrió y ella le devolvió la sonrisa, provocativa, bembona. No estaba nada mal la mulata, jovencita, su buen par de tetas, y ese vestido floreado, más el maquillaje un tanto ramplón, le daban un aspecto decidamente plebeyo.

             —Y también conozco a un abogado buenísimo. Cubano. Otro genio. Capaz de ganarle un juicio al mismísimo Lucifer.

             Su mirada volvió a cruzarse con la de la mulata, ¿de dónde sería?, seguramente dominicana, aunque la verdad no importaba, lo importante era que se le veía completamente dispuesta al sacrificio.

             —Yo no quiero meterme en problemas —arguyó Ángel.

             —No te vas a meter en ningún problema, te lo aseguro. ¿Qué más quieres? Te vas a llenar de plata.

             Al parecer, a Ángel el  judaísmo le había traído suerte. Todavía no era judío y ya le estaba lloviendo la plata. Eso lo pensó Daniel haciendo su chiste, pero no se lo contó a Ángel porque éste aún no era judío y era ley inquebrantable en Daniel jamás contar chistes antisemitas delante de un goi.

             —Pero de eso podemos hablar más tarde en la casa. Mira, ahora vamos a levantarnos a la mulata de al lado —dijo Daniel.

             Consciente de que prácticamente no existe hombre que desaproveche la oportunidad de acostarse con una mujer, especialmente con una mujer como ella, despampanante y exótica, la mulata no esperó a que Daniel se la levantara. Había salido de su casa con todo su ser centrado en un solo objetivo: levantarse a un blanquito. El único problema, pensó, podía ser el inglés, porque no lo hablaba, pero he allí que el blanquito de la mesa de al lado hablaba español. Y encima la estaba mirando. Con ganas. Entonces que se jodiera su negro por haberle puesto los cuernos con esa peluquera puta del primer piso. Esta noche me conquisto a un blanquito, se dijo, y salió a buscar su presa con su vestido floreado, precisamente el que más le gustaba a su negro y con el cual le tenía prohibido salir ni a la puerta, porque no quiero que andes por ahí meneando las nalgas con ese vestido que sólo es para tu papito, ¿no es cierto mi reina? Tu reina será tu madre, so pendejo. Ahí estaba su blanquito y sintiéndose como en una telenovela, mas no de protagonista, porque sabía que una mulata jamás podía aspirar a un papel protagónico, se preguntó cómo sería eso de encamarse con un hombre blanco, blanco y distinguido. Además, no podía imaginar peor venganza  que ésa para su negro.

             Daniel y la mulata volvieron a sonreírse, cosa que ella aprovechó para preguntarle si hablaba español y Daniel, peruano, pero con su mejor voz de locutor argentino, le dijo que sí y acto seguido ella le preguntó precisamente si era argentino y Daniel volvió a decirle que sí y ¿usted de dónde es? De la República Dominicana resultó ser la mulata, ah, muy hermosa su tierra, le dijo, sí, conocía, había estado un par de veces, una en el mismo Santo Domingo y la otra en Puerto Plata.

             —Una verdadera belleza —dijo Daniel—. Como usted, señorita.

             Ahí la mulata se derritió, qué hombre tan fino y qué bonito hablaba, perlas parecían salir de su boca. Apenas llevaba dos días viviendo en ese barrio, en la 108, entre Broadway y Amsterdam, antes había vivido en Washington Heights, la pequeña Quisqueya, como la llamaban, y así dijo que se llamaba ella también, lo cual era una reverenda mentira pues su verdadero nombre era Milagros, pero en ese momento decidió llamarse Quisqueya, nombre más propio para una aventura nocturna.

             —Quisqueya, Quisqueya —repitió embelesado Daniel—. Nombre de ensueño, de noche tropical, luna dorada y estrellas de plata.

             Con eso terminó de meterse a la mulata al bolsillo. Ángel no decía una sola palabra, no por  tímido porque no lo era, sino por respeto a las reglas que siempre debían existir entre machos. Un cazador jamás se interpone entre otro cazador y su presa. Así que permaneció en silencio esperando a ver cómo se desenvolvían las cosas. Si él fuese Daniel, pensó, hace rato que la hubiese invitado a mi casa, a esas alturas seguro que la dominicana ya estaba empapada, ahí entre las piernas, donde de verdad cuenta. Daniel le leyó el pensamiento porque le dijo a la mulata con su mejor voz de locutor argentino: 

             —Señorita, la invitamos a  tomar una copa.  ¿Gusta?

             Ese gusta la transtornó, lo más lindo en un hombre era su educación, su don de palabra, no importaba que físicamente no fuese tan guapo, más guapo que Daniel era su negro, su negro mujeriego, su negro traidor, pero más distinguido, con más clase, era ese blanquito que la estaba endulzando con su voz melodiosa, fina, mi madre, si hasta parece un embajador.

             De ahí sólo recordaba que habían pedido la cuenta, pagado, salido y ahora estaba sentada en esa sala tan amplia y tan linda, llena de objetos hermosos, de cuadros y máscaras, de lámparas y sillones tan finos y con una copa de vino tinto en la mano, francés, perfecto para una noche de verano como ésa. Y se empezó a sentir, de verdad, dentro de una telenovela, de ésas que venían de México donde todo era tan elegante y tan fino y las negras y las mulatas sólo podían amar al señor o al señorito de la casa de lejos, casi siempre desde el umbral de la cocina. Daniel volvió a llenarle su copa.

             —Tome —le dijo—. Este vino es la sangre de Cristo, nuestro Señor.

             La dominicana quedó impresionada con tan bellas palabras y, además, tan poéticas, pero Ángel lo recriminó con la mirada. Daniel le guiñó el ojo, no había para qué alterarse, yo sé lo que estoy haciendo, a estas cojudas les encantan los hombres cercanos a Jesús.

             —Salud —dijo alzando su copa—.  Por la vida eterna y el amor de nuestro Señor.

             —Por el amor de nuestro Señor —repitió Quisqueya apurando su copa y sintiéndose, seguramente, en el umbral de la Gloria.   

             Con ese juramento Ángel no estaba dispuesto a  beber ni una gota.

             —Lejaim —dijo—, y secó su copa.

             —¿Qué dijiste? —dijo la dominicana, que hasta ese momento casi ni se había fijado en Ángel. En el restorán algo se había fijado, lo suficiente para preguntarse qué hacía ese blanco distinguido al lado de un indio. Cuando lo oyó hablar español, supuso que sería mexicano o salvadoreño —había varios de ellos en el taller de costura donde trabajaba—, pero igual le extrañó verlo en el restorán comiendo al lado de un blanco.

                           —Dije lejaim —dijo Ángel alzando nuevamente su copa—. Por la vida, eso es lo

que significa en hebreo, el idioma de los judíos.

                    —Por la vida —repitió Quisqueya metiéndose un sorbo bien largo—. ¿Tú de verdad sabes hebreo?

                    —Sí —contestó Ángel, dándose la pana, porque la verdad era que sólo sabía unos cuantos rezos, cuatro o cinco frases del hablar diario, y unas cuantas palabras, como lejaim.

                    —¿Y de dónde lo sabes? —preguntó Quisqueya.

                    —Soy judío —contestó Ángel.

                   A Quisqueya casi se le salen los ojos de la bocota que abrió. Jamás había conocido un judío que pareciese mexicano o salvadoreño. Todos los que ella había visto en el trabajo, los dueños y sus familias, eran blancos. Y ninguno hablaba español, sólo inglés, y algunos hablaban entre ellos un idioma diferente al inglés pero del cual igual no se entendía una sola palabra. Así que eso era hebreo, se dijo Quisqueya.

                   —¿Usted también es judío? —le preguntó a Daniel.

                   —Claro —dijo Daniel—. ¿Hay algún problema con eso?

                   —¿Problema¼? —dijo Quisqueya tratando de disimular lo que estaba sintiendo si bien no entendía todavía lo que estaba sintiendo pero definitivamente algo estaba sintiendo.

                   —¿No le importa que nosotros los judíos seamos los asesinos de Jesús? —preguntó Daniel.

                  Verdad, pensó Quisqueya. Los judíos mataron a Cristo. Ahí fue cuando recién le entró un poco de susto, pero se dejó llevar por esa cosa que estaba sintiendo aunque todavía no entendía bien qué era lo que estaba sintiendo.                                                                                                                             

                  —¿Usted cree en Jesucristo? —preguntó Quisqueya.

                  —¿Cómo no voy a creer en él, si era judío? ¿O no sabía que era judío?

                 ¿Judío? ¿Jesús? Este tipo está loco,  pensó Quisqueya.

                  —No, no lo sabía —dijo.

                  —Pues, aunque parezca mentira, es verdad —dijo Daniel—.  Y no hay para qué asustarse. Los judíos, exceptuando a los que viven en Israel,  ya no matamos a nadie, ¿y sabes por qué? porque nos hemos pasado la vida tratando de probar al mundo entero que nosotros somos incapaces de matar a nadie y menos a Jesús. ¿Y en definitiva qué importa si lo matamos o no, acaso no era de los nuestros? ¿Qué opina usted?

                 Quisqueya no atinaba a decir  palabra, lo miraba a Daniel con la quijada prácticamente en las tetas. De repente se puso de pie e impulsada por una fuerza distinta a la de simplemente querer acostarse con un blanco para vengarse de su negro, fue a sentarse sobre las rodillas de Daniel, quien, lejos de sorprenderse, le dijo, todavía tratándola de usted, como a una reina:

                  —Venga, venga para que pruebe a un judío.

                 Qué pena que la venganza no iba a poder ser completa: su  negro, su negro traidor, su negro mujeriego, su papito, jamás llegaría a enterarse que le había puesto  los cachos con un judío.

             —Sírvase un poco más —le dijo Daniel volviendo a llenar su copa—. La noche es joven y el Señor está con  nosotros.          

             Quisqueya jamás había conocido a un hombre tan religioso ni tan espiritual. Se parecía, incluso en el físico, al padre Manuel, el cura de su pueblo, allá en Morocovís y se acordó de sus manos, grandes, coloradas, carnosas, desabrochándole la blusa, sopesando sus senos, amasándolos como para hacer pan, y él susurrándole al oído “¿acaso todo lo que existe en el universo no lo ha puesto ahí Dios para alimento y solaz de sus criaturas?”  Por lo tanto no podía haber pecado en lo que era designio y obra del Señor. Y así se lo dijo:

             —Usted se parece al cura de mi pueblo, de cuando yo era muchacha¼

             —Eso es porque yo también he sido cura —dijo Daniel poniendo cara de monje incapaz de matar a una monja—. Así es, en el Perú —continuó Daniel ante la mirada de éste ya está borracho de Quisqueya  y éste se ha vuelto loco de Ángel.

             —¿Usted, cura? ¿En el Perú? —preguntó Quisqueya—. ¿Cómo, no dijo hace un ratito que era argentino?

               —Y a mucha honra —contestó Daniel—. Pero desde niño fue siempre mi mayor ilusión ir a evangelizar a los indios del Perú, especialmente a los del Amazonas. Estuve entre los uroborís tres años. No se imagina la cantidad de uroborís que convertí al cristianismo, millares y millares de uroborís, uroborís hombres, uroborís mujeres, uroborís niños. Todos querían abrazarse a Jesús. Ah, fue el momento más feliz de mi vida. Me sentía en perfecta e inquebrantable unión con nuestro Señor.

             —¿Pero acaso a un judío le está permitido ser cura? —preguntó Quisqueya.                 —No, claro que no, y que Dios nunca lo permita, pero por ese entonces yo todavía no era judío —dijo Daniel poniendo su mejor cara de judío, de ésos que conocen de cerca la implacabilidad de Dios—.  Pero el destino me tenía deparada otra cosa. Ahí, en pleno Amazonas, entre salvajes y fieras, me encontré con mi padre. Un verdadero milagro: no lo veía desde que tenía cinco años. Mi madre, mi pobre madre ya había pasado a mejor vida, sí, murió sola, abandonada, abandonada por ese hombre cuyo recuerdo poblaba y atormentaba mis sueños, ese hombre a quien yo andaba buscándolo para matarlo. Y allí lo encontré, en la selva peruana, buscando oro y amancebado con una uroborí. ¿Y sabes quién era mi padre? ¡Un judío! ¡Sí, un judío! ¡Uno de los asesinos de nuestro Señor Jesucristo!        Y éste qué mierda se traía entre manos, se preguntó Ángel, si ya la mulata se le había servido en bandeja, solita, y ahora el gran pelotudo de su hermano le salía con una sarta de historias descabelladas de un padre judío en la selva amazónica y amancebado con una india uro...no sé qué vainas. Él, hacía rato que se la hubiese llevado a la cama, pero Quisqueya, si bien se sobaba en la pierna de Daniel que daba gusto, parecía bien interesada en la historia, incluso se le notaba más arrecha, poderes mágicos de los recuerdos de infancia, y preguntó:

              —Entonces, ¿después qué pasó?

              —Después pasó que me hice judío, dejé de ser cura y me convertí en rabino.

             ¿Y este cojudo que se traía entre manos?, volvió a pensar Ángel, pero no lo dijo. Quiso retirarse, bueno, mucho gusto le dijo a Quisqueya poniéndose de pie y estirando la mano para despedirse, pero ahí Daniel lo cortó. Ey, hermanito, adónde te ibas, la noche es joven y el Señor está con nosotros. No me vengas con vainas, lo miró Ángel diciéndole eso, pero sólo con la mirada. Quieres cachártela, cáchatela, pero no me vengas con vainas. Yo me quito, se puso de pie. Hermano, tranquilo, le transmitió Daniel con los ojos. Tranquilo. Que aquí hay para los dos. Daniel se puso de pie con la mulata en vilo y se encaminó al dormitorio, síguenos, le dijo con los ojos a Ángel, que sí entendió, pero que tampoco entendió. El caso es que Quisqueya se dejó llevar como una palomita, se iba con su cura, su cura que hablaba tan bonito y tenía esas manos tan grandes, carnosas, y se dejó llevar, ay, poderes tan mágicos de los recuerdos de infancia, en vilo se dejó llevar preguntando ¿y entonces qué pasó? y Daniel susurrándole al oído venga, mi negra, venga, que adentro nos espera el Señor.  

             —Ve a la cocina y tráete otra botella —le dijo a Ángel, haciendo un gran esfuerzo por no dejar caer a Quisqueya, pesaba la mulata, muslos y culo de granito, estaba buenísima. 

                            Ángel, que todavía no entendía de qué se trataba la cosa, pero como que ya comenzaba a entender, obedeció y al rato ya estaba en el vano de la puerta del cuarto con la botella en la mano y los ojos llenos del cuerpo de la mulata. La vio postrada en la cama y a Daniel montado encima de ella arranchándole la ropa como una fiera que estuviese desgarrando a su víctima. “¿Y entonces que pasó después?”, siguió preguntando Quisqueya, a quien ya no le interesaba la historia sino esas manotas coloradas, carnosas, que le arrancaban la falda y ella lo que ansiaba ahora con todo su ser era que le amasaran las tetas y que algo, alguien se le metiera por esa crica empapada y se enredara en sus entrañas, ahí donde le gustaba a su negro que le doliera, esas manos que habían sido de cura y habían hecho la señal de la cruz y alzado el cáliz divino y dispensado la hostia. En eso pensaba Quisqueya y así la miraba Daniel, imaginándosela totalmente abandonada al arbitrio de su Señor Jesucristo.

                                       —Entra —le dijo Daniel a Ángel, que se había quedado clavado en el vano de la puerta—. Dale más vino.