José Antonio Mazzotti   nació en Lima, Perú, en 1961. Algunos de sus títulos publicados son: Poemas no recogidos en libro (1981),  Fierro curvo (1985), Castillo de popa (1988), El libro de las auroras boreales (1994), Señora de la noche (1998) y Declinaciones latinas (1999). Es profesor de Literatura Latinoamericana Colonial en la Universidad de Harvard.

Del libro inédito Pie de raso (2001-2005)

 

 

Háblame claro, río

 

Háblame claro, río de las flores. No veo esas colinas que reflejan tus espaldas. Allá abajo, en tu silencio

Un mundo de cadáveres ocultos se desnuda por la noche. ¿No los puedes mostrar como has mostrado

Las nubes azuladas del verano, esas redondas carnes reventando de rubores, su idioma incomprensible, su aromática verdad…? ¿Cuándo dibujarás en tus mejillas de cristal

Esa descarga de cuerpos magullados, su llanto impaciente con el remolino, el cocodrilo feroz que se pasea

Sobre los vellos de los mancebos felices…?

 

Llevo sin embargo a mi pequeña tribu a contemplar tu resplandor. Es plácido el chillido de los ánsares, el burbujeo

De su búsqueda bucólica de peces dorados. La tarde se completa con el aire que despeina

Tus rizos prolongados y chorreantes. Quiero estirar mis piernas amarrándome a tus algas, hacer que me laves

Con lentitud los pliegues más secretos. Tómame, cástrame, agítame,

Hazme creer que lo que muestras es profundo.

 

El barco del olvido tienta fuerte. La hermosa balsera me saluda sonriente. Nunca se vio calendario más vivo. Viene a recogerme. Consiento.

Quiero saber del horror de estas colinas sumergidas.

 

 

Círculo tercero

 

 

Cae la nieve en forma de tornados

sobre las solapas, las estrujan

como periódico en el suelo del café,

y les preguntan

cuántas historias que se entierran en el orificio

pierden su carne tibia y se congelan

como el globo del ojo en la esfera del pez

donde no nada el amor, donde no nada

nada, sino el lento resollar de dos aletas

con un grano de sal en cada estría. 

 

He visto los rostros penetrados por el ruido

y el humo que despiden los vagones, he mirado

en los ojos más verdes la locura de los fondos

de los mares, sus algas escarlatas, sus guijarros

como bocas de cobalto abriéndose

a la penetración de los quejidos.

Las almas deambulan en una danza lenta,

unos pidiendo cuartos, los demás

volando de la mano de los vientos.

 

Francesca y Paolo están aquí.

Los misteriosos habitantes descubiertos

debajo de la nieve en las solapas.

 

 

Pedazos de uña

 

 

En el Common de Cambridge

Un árbol declara a cuatro vientos que George Washington

Juró bajo su fronda el mando de las tropas revolucionarias

En julio del 75.

 

Todos los días paso por ahí. Miro el árbol, su meado de perro, sus ramas raquíticas de invierno.

El árbol aún echa sombra cuando el sol se pone. Parecería que debiera ser más importante, pero

apenas

Cuando al frente se levanta un gran hotel con su nombre, y los muchachos

Juegan béisbol en la esquina, y se diluye

El esplendor de la gloria, que el pobre hombre imaginara, Jorge, qué decirte

El árbol que pensaste ampararía

La libertad de los humanos, es hoy un adorno

De un cementerio aledaño.

 

Déjame entonces excavar en ese cementerio

Los brazos de los niños mutilados, los gritos horribles de las viejas

Corriendo entre las llamas para buscar su nombre, déjame

Correr como ellas recogiendo las perlas

De cada uno de sus hijos:

Hamed, el hijo de la violada;

Mohammed, el de la cercenada;

el que llora cada noche

por sus propios hijos muertos.

 

 

 

Mar o cielo

 

 

Las casas puntiagudas desde las torres de Cambridge

aligeran el paso del otoño, lo desplazan

por el río

que habrá de penetrar el mar salobre, las algas carcomidas, el olor

que todo envuelve a la hora del silencio.

 

Piensa en esos peces cabizbajos, en sus piedras invadidas

y en su pena de oro que palpita

como techos filudos en la arena.

 

¿Desde qué mar miramos sus colinas?

¿Somos el vigía de los campanarios

o el callado habitante de los fondos?

 

Pero vuelve el otoño, vuelve

con su carga de hojas descompuestas

y su cáscara

de pinzas que acarician los cristales.

 

 

 

Psalmo para Puerto Rico

 

(enero del 2005)

 

 

Porque todos fuimos traicionados

Porque las sombras del recuerdo arden aún con fósforo en la playa

Porque el viento más sordo nos persigue como una vieja loca

Porque nada más cierto que el dolor de una piel herida

cohabitando con el goce

 

¿Para qué hablar de nación? escucho por las calles

Puerto Rico Libre rumorean las olas

Aquí se habla en castellano y en santero

Y en inglés si hace falta

Pero se piensa en Caribe

Y en Yoruba

Y en los bosques más frondosos de la isla

 

¿Pero no es todo eso alegorismo?

¿Hasta dónde la memoria se extiende en la autopista?

¿Existe la confianza de ser Uno

a pesar de la Nada?

 

Porque todos fuimos traicionados

Porque el tiempo que todo lo traga tragará

Lo que no se amarre a la tierra

Como el techo que no sirve para apagar el sol

Que entra como un incendio azul

iluminando los peces

 

 

 

Calamar

 

 

Han llovido gotas de silencio sobre el asfalto cansado

Una muesca se dibuja sobre ese cielo negro

Como el mar que se calma por encima y no duele

Las súbitas cuerdas que descienden le clavan

Agujas de palabras de tiempos antiguos

Mar de fondo                    Fosa inflamada

Sobre tu falsa cabeza se deslizan

Borrones y mareas diminutas

Suelas gastadas y uñas curvas

Todas ellas no borran la oscuridad viviente

Los siglos que rodaron como cántaros

Y el centro de la tierra entre dos piernas

Súbitamente alegres

Como un animal marino

Baboso de tinta