Carlos Meneses Cárdenas, nacido en Lima 1930. En Europa desde enero 1961. En Mallorca desde l964. Estudios, Letras (literatura) en Lima. Periodismo en Madrid. Libros publicados : 6 novelas. La última "Edén moderno" obtuvo el premio Ciudad de Valencia 2002. Un libro de cuentos "Seis y seis" publicado en México DF. Ensayos y biografías de R. Darío; Borges, Vallejo, C. Oquendo de Amat, M.A. Asturias, Barrett, Jorge Guillén y otros. Teatro : "La noticia", premio nacional de teatro del Perú  1958.(6 estrenos más en Lima, Madrid y Palma) Cuento, premio Ciudad de Peñíscola 2003, por "Lo que puede un pianista". Reedición en Lima de la novela breve "Huachos rojos" 2005.. En Poesía, premio Insula 1979, por Confiesa. En periodismo, corresponsal en varios países europeos, redactor en cuatro diarios de España, en Mallorca "Diario de Mallorca" y "Ultima Hora".

LA IMPORTANCIA DEL  BOXEADOR

  

      No abrió la boca cuando le pusieron los guantes. El soldado encargado de meterle  las manos en esas manoplas de cuero no se había atrevido a mirarlo a los ojos, hacía su trabajo con la vista baja como si estuviera avergonzado. Sus movimientos eran maquinales y más bien lentos. Las manos del hombre mayor entraron en los guantes enormes y marrones, sin que nadie se preocupara del vendaje previo, ni si le quedaban demasiado holgados y las ataduras hechas con los pasadores sobre el antebrazo estaban bien hechas o no. Seguramente ese soldado jovencito distraía su pensamiento en otras cosas, como la llegada de su día libre, o el lugar a donde llevaría a su novia para tomar unas cervezas, y no pensaba en lo que estaba haciendo y, menos aun quería pensar en lo que iba a pasar. Cuando  le tocó el turno a la mano derecha, observó unos dedos largos muy delgados. Unas venas verdosas corrían por el dorso como ríos caudalosos. La piel se veía cerosa Era sin duda mano de alguien que no se alimentaba como correspondía y que no  había realizado ningún trabajo rudo en su vida, porque no aparecían callosidades ni asperezas por ninguna parte. Había visto varias veces a este hombre a quien ahora ayudaba a ponerse los enormes guantes. Lo recordaba en la cola a la hora del rancho. Con el plato de latón en la mano y la ansiedad pintada en el  rostro pero sin pronunciar ni una palabra. Serio, sujetando  con la fuerza con que un hambriento puede sujetar un plato, tieso como una estatua, flaco como un trinquete. Ahora estaba con las dos manos enguantadas, sin gestos de agobio, ni de hambre, menos de temor.

 

     Había sido ese mismo soldado que no tendría más de veinte años quien le anunció que lo llevaría al gimnasio. El hombre movió levemente la cabeza canosa aceptando. Más que un gesto de resignación lo que se dibujó en su mirada y en todo su cuerpo fue la rabia contenida ante la impotencia para negarse. El soldado le había indicado antes de ponerle los guantes que se quitara la camisa y la dejara en la celda, que en el gimnasio podía perderse. El hombre excesivamente delgado, de una estatura media y unos cincuenta años, se había despojado de la camisa sin brusquedad dejando a la vista un torso casi esquelético. Toda la osamenta superior asomaba a través de una piel pálida. El soldado por pasar el rato había intentado contarle las costillas una por una, pero las voces que venían desde el fondo del largo pasillo lo distrajeron  y le hicieron perder la cuenta.

 

    Cuando se pusieron en marcha rumbo al gimnasio, el soldado se situó a su lado como si tuviera que controlar cualquier desmán de ese, para él, individuo muy extraño. El hombre flaco había echado una mirada hacia las celdas de los compañeros. Fue una mirada que compendiaba despedida, rabia y valor. Al empezar a andar se notó que cojeaba de un pie y que eso hacía más lento su desplazamiento. Asentaba el pie derecho como con temor, como si el suelo fuera una sola brasa y él estuviera descalzo, o como si cada pisada equivaliera a una poderosa descarga eléctrica.

 

    Descendieron una escalinata de piedra formada por una veintena de escalones, sin un rellano, sin el menor atisbo de descansillo. Luego vino otro corredor tan largo como el anterior, y al final divisaron el gimnasio. Un oficial uniformado, de bigote muy bien recortado y un rasurado prolijo, que llevaba un manojo de papeles en la mano y se había despojado del kepís, inquirió con la mirada al soldado que traía al hombre delgado. Parecía preguntarle con los ojos varias cosas : ¿quién es éste individuo? ¿cuál es su nombre? ¿ qué profesión tiene? ¿desde cuándo está en este centro?. El soldado captó la mirada de su superior y dio toda la información que conocía. La orden siguiente fue que lo condujera hasta las proximidades del ring que se levantaba a un costado del enorme patio llamado gimnasio. El oficial anotó en uno de los papeles que llevaba en la mano el nombre del esquelético individuo y los pocos datos que le había proporcionado el soldado. Vio cómo los dos llegaban hasta un costado del ring, y cómo el sargento un hombre fornido, de mirada displicente le daba nuevas órdenes al jovencito convertido en cancerbero.

 

    En torno al ring habían escasamente cuatro o cinco personas. El sargento echó una rauda mirada a los guantes que el delgado llevaba puestos, le miró los hombros caídos, los biceps que casi no repujaban la piel. Su mirada era despreciativa, y cuando ordenó que subiera al ring y el soldado quiso ayudarlo, fue el sargento el que intervino para frenar los movimientos solidarios de su inferior, dejando que el enguantado trepara al ring como le fuera posible, sin preocuparse de que con las manos metidas en esos enormes cepos de cuero la maniobra le tenía que resultar muy esforzada a ese hombre que seguramente, debió pensar el sargento, era  uno de esos idiotas que viven para leer y dan conferencias sobre tonterías, en vez de dedicarse a practicar algún deporte.

 

    A paso lento llegó al rincón que le habían asignado, no hizo ninguna pregunta, ni se preocupó por mirar hacia la esquina opuesta. Daba la  sensación de que nada de lo que estaba ocurriendo le importaba. El soldado, por indicación de su sargento también subió al ring, se aproximo al delgado y le susurró algo cerca de la oreja. Le debió recitar las reglas del juego, tal como se las habían dicho a él. Le miró una vez más las manos, le parecieron dos enormes bolas como las de jugar a las bochas. Se le antojaron que no eran manos sino muñones. Al costado del ring se veía la cabeza muy redonda y de pelo ensortijado del enfermero que vestía una bata blanca, era el mismo que semanas atrás, cuando al delgado lo  devolvieron a la celda después de una sesión muy dura en la sala de Interrogatorios, y mientras lo reanimaba le preguntó si no tenía escondidos, en algún rincón del calabozo, anillos de oro o un cadena del mismo metal. Al otro extremo vio la cara angulosa del médico. Sus gafas negras que cubrían una mirada socarrona. No pudo ver las otras caras ni le importó saber quiénes eran. Calculaba que debía haber otro militar de mayor graduación que el oficial del manojo de papeles, que sería el que controlaba y mandaba sobre todos los demás, y que tampoco no podía faltar el profesor de Educación Física, que los hacía correr a todos los encarcelados quince y hasta veinte kilómetros bajo el sol, como si los estuviese entrenando para participar en una marathon internacional. Y pobre del que se cayera desmayado, no probaba bocado hasta el día siguiente.

 

    Al fin se animó a mirar hacia la esquina opuesta. Junto a un hombre bajo y canoso, con aspecto de maestro de escuela y no de entrenador, se hallaba otro hombre muy diferente, alto, musculoso, aun ágil, a pesar de que acusaba algo así como medio siglo de vida. Nunca lo había visto antes pero desde hacía algún tiempo había oído hablar de él. Se dio cuenta de que ese mulato de poderosos biceps lo miraba más que desafiante burlón. El viejo con aspecto de maestro de escuela le cuchicheaba algo al oído y el moreno, erguido, musculoso, como perfectamente ambientado a esa situación, sonreía y contestaba algo siempre con el gesto despreciativo.

 

     Alguien, posiblemente el militar de mayor graduación, le dio la señal al sargento y éste sopló con fuerza el  silbato que sonó como si les rasgaran la piel a una docena de los detenidos. El  gigantón moreno movió los brazos igual que aspas de molino, luego la cabeza de derecha a izquierda y de izquierda a derecha y avanzó resuelto y hasta con aire de satisfacción hacia el centro del cuadrilátero. El soldado joven optó por dar un pequeño empujón al hombre macilento y enclenque para que imitara al mulato y abandonara la esquina en que se encontraba. El delgado sólo vio una boca que sonreía y unos puños enarbolados a la altura del mentón que parecían invitarlo a que se aproximara.

 

     El camino hacia el centro del ring fue quimboso y titubeante. El joven soldadito convertido en entrenador, second y controlador del improvisado pugilista vio la espalda de su dirigido ligeramente encorvada, con los omóplatos que exageradamente pronunciados parecían querer agujerear la piel.  Todos sus movimientos se descubrían exentos de  agilidad. Ese cuerpo no mostraba la más mínima huella de haber pasado por una etapa de preparación física. Comprobó que su pantalón azul marino, roto a la altura de la rodilla, desflecado en las bastas, estaba ligeramente remangado y dejaba a la vista las zapatillas viejas que le habían entregado para que sustituyeran a sus zapatos.

 

    Frente al improvisado se levantaba un hombre todo músculos, el cuerpo parecía brillarle de tan exuberante. El mulato vestía una camiseta blanca y un pantalón corto y nuevo de color granate. No había querido que le colocaran el casco de cuero para protegerse de los golpes del rival ni que le metieran a la boca el protector de goma para sus dientes. Miraba con indiferencia, como quien va a cumplir con un trabajo rutinario que sabe hacerlo a la perfección. Se sentía el amo del cuadrilátero y golpeaba un guante contra el otro como señal de impaciencia por la lentitud de su contendor.

 

   Los brazos del flaco adversario estaban caídos a ambos lados del cuerpo. Despegaba los pies del suelo con dificultad, como si hubiese goma en el piso y cada pie se le quedara pegado. El sargento miraba la escena a un tris del ataque de rabia por la lentitud del prisionero. El militar de alta graduación hablaba con el médico, y el oficial del manojo de papeles,  se dedicaba a comprobar los apuntes que había hecho desde antes de la llegada del hombre flaco. El corto recorrido de media docena de pasos de la esquina al centro del ring fue para el improvisado una lucha consigo mismo en procura de  que su imagen no traduzca el más mínimo temor.

 

     El oficial de mayor graduación molesto por la lasitud de ese cuerpo esmirriado lanzó un grito de aliento a favor del mulato. Alguien más, que debió ser o el sargento o el enfermero ,pidió golpes certeros y contundentes. En ese momento el encorvado pugilista llegaba al centro del ring sin levantar los brazos, con la guardia completamente caída. Sin ninguna intención de bailotear alrededor del adversario, ni de hacer fintas para eludir los golpes. Desde el principio supo que no le darían protector  de goma para sus dientes, ni de cuero para la cabeza y las orejas,  y el soldado le había dicho, saliéndose del guión que le habían marcado, que procurara esconder la barbilla tras el hombro para evitar un puñetazo feroz  se le estrellase en la boca y le hiciera saltar los dientes como granos de choclo.

 

     El mulato miró desdeñoso a su rival. Escondió media cara detrás de uno de sus guantes y estiró el otro brazo como si tanteara el aire. Alguien al borde del cuadrilátero resoplaba como un fuelle. Debía ser el médico que en varias oportunidades había manifestado su gran afición por este deporte. El mulato tocó la cara del rival con su izquierda. Fue un toque suave, como quien comprueba que esa cara es de carne y hueso y no un dibujo trazado en el aire. El segundo jab de izquierda hizo retroceder al castigado. El nuevo golpe con la zurda aumentó de intensidad y causó el bamboleo del improvisado boxeador. Su paso atrás aunque lento lo salvo de caer sobre la lona. Se volvió a oír un grito que más pareció un rugido. Alguien, que debía ser el militar de mayor graduación pedía una pelea encarnizada. No parecía estar dispuesto a tolerar esa actitud de tancredo que estaba representado el  hombre débil.

 

     El oficial del manojo de papeles se acercó a su superior y recibió instrucciones, las mismas que transmitió al sargento que se hallaba al otro lado del ring. El sargento, que había mirado su reloj insistentemente, que podría estar pensando en que había llegado la hora de un desayuno opíparo como se merecía quien como él había madrugado, había tenido que ir a casa del mulato para traerlo al gimnasio, entregar la lista de los que subirían al cuadrilátero esa mañana, dar a conocer el reglamento que existía para estos casos, con el gesto avinagrado se dirigió al soldado, no le dio órdenes en voz baja sino a gritos. Tenía que obligar a su pupilo a que peleara, a que se defendiera, a que procurara golpear al rival. El soldado raso movió la cabeza aceptando, luego dijo que habría que esperar que terminara el round para aplicar esas reglas .El sargento  aun más furioso lo lleno de improperios y lo obligó a que subiera inmediatamente al ring y le diera órdenes, no instrucciones, a su dirigido.

 

   En el momento en que el joven veinteañero iba a subir al enlonado para cumplir con el mandato de sus jefes, la poderosa derecha del mulato salió como un cañonazo  y se estrelló en el pecho del delgado. El cuerpo esmirriado retrocedió como arrastrado por un fuerte viento y la espalda pegó contra las cuerdas. El ex campeón de los pesos pesados pareció enardecido con ese golpe que había asestado, avanzó con movimientos de fiera hasta la figura desarbolada, inclinada hacia un lado, con los brazos como dos ramas sin vida, y volvió a golpear con furia. Sus puños llegaron a la cara y cuerpo del rival que  en ningún momento ofreció resistencia, que no varió su expresión facial, que miraba a su verdugo libre de miedos , a través de la cortina de sangre que brotaba de las cejas, la nariz, los labios. El mulato se ensañó contra esa máscara roja y pegajosa y siguió aplicando una seguidilla de golpes.  Tiñendo de rojo sus guantes de color claro.

 

     El soldadito se había quedado como una estatua mirando al furioso golpeador, mientras el sargento le hacía señas con las manos para que avanzara, para que instara al improvisado a levantarse y pelear. Le señalaba el balde con agua que había en una esquina del cuadrilátero, y también miraba hacia su superior y el médico, para saber qué decidían ellos. El cuerpo esmirriado cayó de rodillas. Estaba totalmente aturdido. El militar de alta graduación maldecía, molesto porque consideraba que le había faltado valor a ese abogaducho viejo y enclenque, a ese pobre diablo metido a conspirador. El soldado   temeroso de recibir un golpe por situarse tan cerca de los dos adversarios le dijo algo  al abogado. Fue inútil, no oía, no hablaba, se sostenía milagrosamente de rodillas. Consultó con los ojos al sargento. Vio que en respuesta su superior hacía ademanes de que lo ayudara a levantarse. Empezó esa nueva tarea que resultó infructuosa. El médico trepó al ring, se abrió pasó entre el soldado, el entrenador con aspecto de maestro de escuela y los boxeadores. Examinó al caído. Mantenía un cigarrillo en la comisura de los labios. Hizo que trajeran el balde con agua, que se lo volcaran en la cabeza, que le limpiaran la cara ensangrentada. Bajó muy orondo para seguir viendo la escena de tortura deportiva.

 

    Entre el soldado, el entrenador que parecía maestro de escuela y el enfermero que había subido después que el médico, pusieron de pie al caído, lo arrimaron contra las cuerdas y se alejaron dejándolo indefenso. Era un muñeco de trapo con la vista perdida y las piernas temblonas. El sargento hizo sonar nuevamente el silbato y gritó que empezaba el segundo asalto. Los guantes untados de sangre del moreno golpearon inclementes al delgado. Todos lo vieron caer como un fardo. Desde su sitio, sin moverse un ápice, con la misma voz de mando con que trataba al soldado, el sargento empezó la cuenta. El militar de mayor graduación hizo una consulta al médico. Luego se dirigió al oficial del manojo de papeles, éste a paso rápido llegó hasta el soldado y transmitió la orden, el joven tan aturdido como el abogado, no por golpes sino por mandatos, se dispuso a subir  nuevamente al cuadrilátero, en el mismo momento en que un poderoso y elegante gancho de derecha, como el que le dio el título veinte años atrás, mandó de espaldas a la lona al improvisado púgil. Hubo nuevo balde de agua, nueva subida de médico y enfermero, nuevos intentos de reactivar al abogado para ponerlo de pie, todo parecía  inútil, nadie podía imaginar una reacción en ese organismo tan castigado.

 

    El sargento llevaba la cuenta con lentitud de tortuga, se detenía al llegar a ocho, retrocedía a cuatro para luego seguir avanzando hacia diez.. Desde el otro lado del cuadrilátero el militar de mayor graduación mandaba que siguiera la pelea convencido de que ese infeliz ensangrentado le estaba faltando el respeto por no querer levantarse. Costó un esfuerzo ímprobo poner de rodillas a la víctima. El mastodonte inclemente se paseaba de un lado a otro deseoso de seguir golpeando. Cuando vio a su disminuido rival arrodillado, apoyando la cabeza contra las cuerdas, intentando leves y exhaustos movimientos de brazos para tratar de no venirse nuevamente de bruces al piso, pero mirando como si no le doliera nada, como si no temiera nada, se abalanzó sobre él. Propinó feroces golpes en la cabeza, agachándose un poco para poder alcanzar a su víctima. Quiso seguir atacándolo cuando el cuerpo maltratado se fue yendo lentamente hacia atrás como si realizara una difícil contorsión gimnástica.. Sin energías, sin defensas, era un arbusto abatido por el viento.

 

      Alguien no uniformado desde un costado del ring gritó que se parara la pelea. Trepó el médico al cuadrilátero, pidiendo también pero sin mucha convicción que se detuviera el combate. Dando a entender de que ya se había cumplido con lo que se deseaba. A los militares les cayó como un ladrillazo en la cabeza la actitud del facultativo. El de más alta graduación le hizo señas enérgicas para que volviera a su sitio, pero el médico no le obedecía.  Como un conejo asustado el soldadito corrió sin saber si lo que quería era proteger al caído o instarlo a que siguiera peleando. Un  grupo de tres o cuatro personas que se había formado en torno al desvanecido vio cómo el médico lo auscultaba, le tomaba el pulso, le examinaba los ojos, y parecía asombrarse de ver cómo el semblante de ese martirizado individuo seguía manteniendo no un aire de desafío, sino  el de quien no ha perdido en ningún momento las esperanzas.

 

    La orden del militar de alta graduación fue que le echaran más agua al caído y que siguiera el combate. El militar del manojo de papeles avanzó a prisa hasta donde estaba el sargento y le transmitió la orden. Con gesto hosco el sargento llamó al soldadito y lo instruyó sobre lo que debía hacer. El pobre muchacho apenas pudo expresar su opinión a media voz señalando que ese señor ya no se podía levantar, pero su inmediato superior no tomó en cuenta esas palabras. Sólo dijo en tono de muy malhumor, ¡Se está riendo de nosotros!, e hizo sonar el silbato para que continuara el segundo round. El soldadito trepó al ring, cogió de la esquina el balde con agua, tembloroso lo vertió sobre la cabeza de la víctima. El médico y el enfermero hicieron movimientos prestos para no quedar empapados. El abogado realizó un descomunal esfuerzo y sonrió, fue una mueca cadavérica. Movió levemente los brazos, parecía pedir que lo  ayudaran a levantarse. El oficial de alta graduación se desgañitaba ordenando más pelea. Lo pusieron de pie entre todos. Ese cuerpo como el de un muñeco de trapo intentó dar un paso adelante, sus piernas no le obedecían pero la mueca que semejaba la sonrisa de la esperanza seguía como cincelada en su rostro anguloso.