.Alfredo Pita nació en Celendín, en el norte andino de Perú, en 1948. Estudió literatura, sociología y periodismo en Lima y en París.En 1987 publicó Y de pronto anochece, su primer libro de cuentos; en 1990, el segundo, Morituri; en 1994, la novela El cazador ausente; y, el año siguiente, el libro de poesía Sandalias del viento (firmado con el nombre de un personaje de la citada novela, por lo que es visto como un apéndice de ésta). Tiene inéditas las novelas Guerras santas y Danza, dragón (títulos provisionales). Prepara un ciclo novelesco- El tiempo señalado- sobre el violento Perú de las últimas décadas. En el campo de la literatura ha recibido el Premio al Poeta Joven, convocado durante el Primer Encuentro Nacional de Poetas (Lambayeque, 1966), así como el Premio de Cuento de la revista Caretas (Lima, 1986 y 1991).

Isaac Goldemberg:

Identidad y condición humana

 

 De los escritores peruanos de mi generación, uno destaca no sólo porque comenzó muy temprano su trabajo de exploración del universo, de su universo, y de sus propias posibilidades expresivas, sino también por la radicalidad ejemplar con que lo hizo y por los logros que obtuvo y que se pueden verificar en sus novelas, su poesía y su teatro. Hablo de Isaac Goldemberg, quien en los años 70 publicó La vida a plazos de don Jacobo Lerner, un extraño y polifónico fresco que hablaba del mundo judeo-peruano y del mundo provinciano de entonces, en particular del pueblo de Chepén, en la costa del norte del Perú, revelando mundos insospechados por muchos de sus compatriotas y pintándolos sin complacencia ni nostalgia y sí, más bien, con desgarramiento y ferocidad.

Hacia 1970, aún con el sabor de los maravillosos y agitados y terribles años 60 que habían forjado nuestra adolescencia, muchos de esos escritores bisoños, en el borde mismo de sus veinte años, andaban preguntándose cuál era realmente la prioridad, ¿escribir o aprender a disparar correctamente un fusil?, en momentos en que nuestro subcontinente se sumía en una vorágine eminentemente política, pero sobre todo cuando, en el cielo de la literatura latinoamericana, se habían prendido astros, para nosotros, y para muchos, casi enceguecedores, como Cien años de soledad, La ciudad y los perros, La casa verde y Rayuela. Ajeno a nuestros ajetreos y desconciertos, en Nueva York, Isaac Goldemberg, un joven como nosotros, avanzaba su libro, que era una profunda y desoladora inmersión no sólo en los fantasmas y en la realidad de los judíos peruanos de la época, sino también en el mundo mental de una cierta pequeña burguesía peruana en la primera mitad del siglo XX.

La vida a plazos…, publicada en 1978 y reeditada por Sefarad Editores, Madrid, 2005, es la avanzadilla de una singular aventura exploratoria, que continuará con la novela Tiempo al tiempo, en 1985, y con libros de poesía y de teatro que autor desgranará, incansable, durante veinticinco años, y en los trabajará los mismos materiales, hechos no sólo de memoria sino también (y nunca, tal vez, será tan cierta la afirmación) de carne y de sangre. Y esto es tan así que, en 2001, Goldemberg publicará El nombre del padre, una novela con la que vuelve al comienzo de todo, en la que recreará ampliamente, permitiéndose todo tipo de libertades, La vida a plazos, su primer libro.

Los principales personajes de Goldemberg son mestizos peruanos, lo que a priori no tiene nada de especial en una literatura que con escritores como José María Arguedas, Mario Vargas Llosa, Manuel Scorza o Julio Ramón Ribeyro ha explorado hasta la hez el drama, el sino y la complejidad del problema. Pero los mestizos de Goldemberg son hijos de judíos centroeuropeos y de peruanas. Y el resultado es que sus vidas, sus mundos y su tiempo terminan siendo una singular feria donde no siempre hay luces ni colores y sí, en cambio, y sobre todo, mucho dolor y muchas sombras: las de la duda con respecto a sí mismos, las de la consciencia de la mirada de los demás (no siempre benévola), las de la violencia y los prejuicios culturales y religiosos, etc. En suma, los mil efectos de las taras y condicionamientos perversos del hecho humano. Sus personajes, confusos y anhelantes, no viven sino que sufren la vida.

Goldemberg no es benigno ni complaciente con el linaje materno ni con el paterno de sus personajes, ni con el Perú en el que estos evolucionan, ni siquiera con el Israel que al final conocerá alguno de ellos como eventual patria de recambio. Su obra habla de desencuentros, del desfase existencia que vivieron algunos jóvenes en aquel ya lejano Perú de hace medio siglo, de individuos enfrentados a circunstancias extremas y que de todos modos debían pagar, y caro, por su excesiva singularidad.

Sus personajes asumen su sino, su destino de mestizos, y van más allá: asumen también, voluntaria o involuntariamente, o como pueden, su destino de judíos, en medio de una sociedad jerarquizada y, a veces, sobre todo en la época, violentamente segregacionista. No es que en el Perú haya habido autos de fe ni pogromos cuando arrastraba sus pasos por Chepén el niño Efraín Lerner Wilson, de La vida a plazos…, quien padecía una infancia sin padre y con una madre a la que no sabía si adorar, despreciar o aborrecer; o cuando el joven Marcos Karushansky Ávila (como en su hora un cierto Alberto, poeta y protagonista de La ciudad y los perros) entraba al colegio militar Leoncio Prado, de Lima, antro violento, machista y también cuán racista a su manera. Las hogueras estaban en las relaciones humanas despiadadas impuestas por una élite despiadada a una sociedad alienada, ignorante, hipócrita y, en el mejor de los casos, inconsciente. Las criaturas de Goldemberg no podían escapar. El Perú, el país del terrible Apartheid que nunca dijo su nombre, estaba allí, mirándolos, catalogándolos: cholo, cholo de mierda, serrano, blanco, blancón, costeño del norte, pero, por sobre todo, judío.

Para ellos no hay tregua. Incluso la posible patria alternativa, Israel, tampoco es puerto seguro ni de salvación. Así, mientras en La vida a plazos… el niño Efraín muere con el cerebro abrasado por la terrible dicotomía que le han impuesto sus mayores, en Tiempo al tiempo el complejo y zarandeado Marcos Karushansky Ávila, que al final ha terminado haciendo su Alya, su "ascención" a Israel, cuatro años después se meterá un balazo. En Lima, los que quieren, los que necesitan mitologizar su historia dirán que ha muerto como un héroe durante la Guerra de los Seis Días, en 1967. En medio del furor y del ruido de su propia vida, o en medio del ruido y del furor de los hombres que se entrematan —que no es otra cosa la guerra, hombres que se entrematan por supuestos valores "trascendentes" como una bandera, una frontera, una ideología, una religión— Marcos Karushansky Ávila termina optando tal vez por la única puerta de salida que le quedaba, porque su sitio tampoco estaba allí.

Todo esto nos enfrenta a un universo de experiencias y de valores por lo demás aciago e inconfortable. Y esto ocurre debido, creo, a una opción moral y estética asumida por Isaac Goldemberg, tal vez la más audaz y trascendente opción, por difícil que parezca a primera vista, que podía haber asumido un escritor nuestro de su condición. Pese a la realidad múltiple en la que viven y padecen, y hasta mueren terriblemente, sus personajes, el autor, que ha compartido seguramente con ellos algunas de sus vicisitudes, no les abre el camino de la facilidad, y menos el de la felicidad. El niño Efraín, el joven Marquitos, en lugar de instalarse en una de las posibilidades existenciales que la vida les propone para dejarlos en paz, no escogerán ninguna de las dos orillas salvadoras y al final serán sacrificados en la hoguera de su singularidad: ser judío y peruano a la vez, en total e imposible fusión, a pesar, o tal vez a causa, de todas las trampas que les habían tendido los demonios que habitaban las dos mitades de su ser.

Estos dos personajes, quién sabe los primeros inolvidables que produjo la narrativa peruana de mi tiempo, han adquirido esta condición porque ambos adolecen, y cómo, de la imperfección humana. No son puros, ni para los unos ni para los otros. A ellos mismos les gustaría encontrarse y no lo logran. No son dignos de confianza para la pequeña burguesía peruana de la época que los miraba con recelo por ser judíos, pero tampoco son aceptados por algunos elementos de la comunidad judía que no pueden olvidar que la mitad de su sangre no es bendita, al ser hijos de madres gentiles. La obra de Isaac Goldemberg, sin proponérselo sin duda, como ha ocurrido con otros grandes logros en literatura y arte que han avanzado en el mismo sentido, es un formidable alegato contra la exclusión, contra todas las exclusiones; contra el ostracismo que a veces los hombres imponen a otros hombres por las razones más siniestras y más necias, las que incluso han llevado y pueden seguir llevando todavía a los crímenes más espantosos. En esta medida, sus libros son los que son, narrativa y ficción, conjuro y rito, pero también grito airado, lava y ceniza, implacable aguafuerte, inquietante fermento.

Más que la búsqueda de la identidad, que con frecuencia se cita como el motor de la obra de Isaac Goldemberg, en su trabajo me parece que hay exploraciones más complejas aún, que se enraízan en la búsqueda de la infancia, en la búsqueda del retorno a la inocencia y al edén, con todo lo que supone como sed de unicidad, armonía y felicidad la búsqueda de los paraísos infantiles; pero estos intentos no se quedan allí, pues el escritor, ser ético además de estético, ser consciente, vaga o rotundamente, de la imposibilidad del retorno al magma arcádico —uterino casi estaría tentado de decir—, avanza en pos de la esencia misma de humanidad que nos habita a todos, y se instala en la sed de absoluto que en el caso de algunos espíritus singulares, o condenados a serlo, los lanza a conquistar, a través de su arte, sino la verdad al menos algunos de sus avatares. El hombre necesita certidumbres ideológicas, filosóficas, para enfrentarse al caos y a la muerte. En este trance, el escritor, y éste es un caso patente, con frecuencia corre todos los riesgos y va a la pelea desnudo y sin armas, dispuesto a enfrentar todas las consecuencias de su terrible empeño.

La escritura para completar la vida, para compensarla, para recrearla y perfeccionarla, para hacer el mundo más a la imagen y semejanza de nuestros sueños, de nuestras necesidades y de nuestras esperanzas. Esto es lo que buscan, en el fondo, casi siempre, los escritores, sobre todo los más grandes. A veces, sin embargo, el esfuerzo y el resultado no hacen sino magnificar las dos grandes interrogantes que encierra la condición humana: qué es el hombre y hacia dónde va el hombre. Este es el reto final que enfrentan los escritores que se plantean el problema complejo de la vida y de la conciencia. Este el caso de Isaac Goldemberg, que a fuerza de avanzar en la exploración de la identidad y el sufrimiento de sus personajes, ha cavado hondo en el terreno oscuro, y a veces tan lóbrego, de la naturaleza del hombre, donde, sin embargo, al final, lo único que brilla con fuego puro es lo humano.