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Patricia de Souza, nació en Cora Cora, Ayacucho en 1964. Creció en Lima. A los 18 años hace estudios de periodismo. En París estudia Ciencias Políticas. Luego viaja a California y escribe su primera novela, Cuando llegue la noche (1995). Le siguen La mentira de un fauno, Lengua de Trapo, 1999; El último cuerpo de Úrsula, Seix Barral, 2000 (traducida al alemán); Stabat Mater, Debate 2001 y Electra en la ciudad, Alfaguara 2006. También hizo estudios de filosofía |
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Las mujeres no van al cielo
I Empezaré por esta anécdota que más allá de su fugacidad, revela lo más importante de lo que me espera por delante a las mujeres quee escriben: la primera vez que me atreví a preguntar qué pensaban de una novela que acababa de publicar, me contestaron con esta respuesta: Es un libro para hombres. ¿Qué querían decir con esto? Que un cierto tipo de libros estaba reservado a lectores masculinos, una literatura considerada como compleja o intelectual. Por supuesto yo estaba segura que yo no hacía ese tipo de libros y me importaba poco lo que me dijeran, pese a que no dejaba de incomodarme el comentario. Extrapolando, podía imaginar que en ese caso existían ciertas lecturas vedadas a las personas de sexo femenino, y si íbamos más lejos, esto quería decir que se trataba de una limitación, hasta cierto punto, mental; en resumen, era una opinión determinista y neo-darwinista. Esa ha sido la razón por la cual decidí que escribiría sobre este tema. He aquí el resultado. Mientras miraba el fuerte que se eleva frente al balcón de mi hotel en Saint Jean de Luz, donde me instalé para redactar este pequeño texto, pensé que a lo mejor iba a estar obligada a construir un fortín a base de ideas que extraídas de esta experiencia sobre el acto mismo de escribir. Como escritora pensé que la única manera de expresarla era a través de una especie de ensayo, no desde un punto d evista de género sino desde la pura especulación. Debo decir que muchas veces me he encontrado con el dilema de cómo transformar la propia experiencia en lenguaje escrito. Siempre me ha parecido que en el momento de escribir traiciono algo, pero incluso así me he ejercitado en este trabajo de objetivación, aceptando una consecuencia natural, un profundo sentimiento de despersonalización. La única forma de sentir que he sido un poco honesta con ese sentimiento de fluctuación de la consciencia, ha sido a través de la ficción. Sin embargo, ahora no me permito hacer del todo una ficción, no puedo, porque lo importante es analizar un hecho concreto, el problema de cientos de mujeres en el mundo, su marginalidad y su soledad, su fragilidad y, hasta cierto punto su condena. Antes me parecía que puesto que la experiencia y la realidad dejan de ser objetivas y precisas en el momento en que pasan por el filtro del lenguaje, lo único válido era la ficción. Pero el fondo del tema es la elección del signo, la huella. ¿Por qué una palabra y no la otra?, ¿por qué esta experiencia y no aquélla? Otra de mis torturas han sido y son los nominativos masculinos, siempre he sentido los lazos de poder con el lenguaje. Siempre me pareció obvio que me expresaba en un castellano de una clase social concreta, por ejemplo, no se puede elegir expresarse en el lenguaje de la calle sino se vive realmente en ella, se siente el artificio, no parece verosímil, y menos, estético armonioso, algo traiciona siempre. Vuelvo al primer punto que quisiera tratar de aclarar en cierta manera. En la escritura, diré, no hay precisión, nada más incierto que someterse a este trabajo en el que el lenguaje es guiado por una fuerte intuición y una cierta voluntad. La escritura será siempre enigmática, enigmática y efímera, como todas las visiones que tenemos del mundo que nos rodea, una mano, un gesto en un rostro, un color... sensaciones fugaces y vagas. La idea de darles un sentido y un orden se produce simplemente por que sistematizamos todo esto poniéndole el corsé de la lógica del lenguaje escrito, su estructura, osea, su sintaxis. ¿Y qué tiene que ver todo esto con el hecho de ser mujer? No tengo la menor idea. No creo que el padecimiento esté relacionado con mi género biológico sino con una categoría existencial, quiero decir con la manera como vivo cada experiencia, como la asumo o la padezco, con alegría, tristeza, extrañamiento, el síntoma y el pathos, etc.,etc..., es decir ese soma del cuerpo del que hablaba San Agustín. Lo que tiene que ver con el hecho de ser mujer, es quizás el cómo me enfrento con el acto mismo de escribir, esa noche, esa manera de entregarme como si fuese un acto carnal y no mental, tal vez. Veamos. El cuerpo no tiene otra manera de confirmarse vivo sino es a través del pensamiento, si pienso, luego existo, pero tampoco podría pensar sin poseer un cuerpo, por lo tanto hay reciprocidad y pertenencia. Es igual en la escritura, me cuesta saber qué factores influyen en la manera cómo escribo y si esto tiene que ver con la parte biológica que poseo o no. Es como este fortín de Saint Jean de luz que contemplo desde mi ventana y que parece tan real como un sueño. Podría bajar, caminar hasta él, pero nada es más cierto que la frase que dice dentro de mí: “estoy contemplando el fortín de Saint jean de Luz”. Por eso me atrevería a decir que existimos por un gratuito acto de lenguaje, somos capaces de escribir lo que somos capaces de pensar y de sentir. Todo lo que no aparece a nuestra consciencia, no existe. Creo que aquí interviene la filosofía fenomenológica de Edmund Husserl (1). Pero ahora no quiero detenerme ahí. Quisiera mencionar la impresión que me produjo la primera vez que constaté que la gente leía mucho en el metro de la ciudad de Madrid. En París solía ser así, pero esto ha ido disminuyendo, no sé si porque la educación ha generado una animaversión a los libros y las lecturas que son impuestas desde muy temprana edad o si la gente se ha vuelto incapaz de alejarse tan sólo por unos segundos de un plano de vida puramente activo y poco reflexivo, ¿cómo saberlo? Lo único cierto es que en el metro de París ya no se lee más y que en el de Madrid, sí. Sobre todo son mujeres las que leen libros forrados en papel blanco para que no se vea que tipo de lectura es, ¿por qué? A lo mejor porque las mujeres mantienen un pudor con sus lecturas que no se sienten autorizadas a mostrar como si se tratase de una secta de lectoras de libros forrados en papel blanco. Si las mujeres leen quiere decir que se hacen preguntas sobre el mundo y su condición dentro de él. La verdad que desde que se escribió El Segundo Sexo, de Simone de Beauvoir y La habitación propia, de Virginia Woolf, las cosas no han cambiado demasiado, quiero decir que las mujeres siguen manteniendo una condición de castradas, postergadas al patio trasero de la experiencia vital en el mundo moderno; no lo conducen y se siguen manejando por sistemas de cuotas en países considerados de vanguardia como es el caso de Francia. Su condición no es la de un esclavo ateniense, pero sí la de una persona replegada sobre sí misma, con muy pocas posibilidades de interacción con su medio social. Creo que en las sociedades donde su papel es mucho más activo es en aquellas en las cuales las estructuras sociales son menos rígidas. En la peruana por ejemplo, las mujeres son dirigentes de organizaciones comunales, clubes de madres, y comités distritales. Sin embargo, a la hora de tomar decisiones para toda la comunidad, en el lugar más apartado de los Andes, son siempre los pater familias los que deciden. Las mujeres no tienen, por ahora, poder político. Pierre Bordieu() hace un análisis bastante interesante de cómo estas estructuras de poder se transmiten de padre a hijos y como se perennizan en una sociedad burguesa y bien organizada. Por supuesto este hecho tiene que ver con que hay un orden establecido que preservar, un orden económico y otro político, al que se añade un orden cultural, que es esa armonía de costumbres y creencias de la cual toda sociedad se nutre para mantener una impresión de unidad. Lo que aterra es el elemento subversivo por ser disolvente y corrosivo. En el mundo “globalizado”, los peligros son mayores, la pureza, es el colofón de una manera de pensamiento más bien clásico, por no decir reaccionario. Quiero decir que cada vez que alguien se empeñe en demostrar que hay valores absolutos y eternos, como el amor, la justicia, la solidaridad, se dará cuenta de que estos valores son relativos y que de acuerdo a las épocas sus interpretaciones han ido cambiando, no sabría decir si de manera autónoma o bajo presión de mecanismos de poder que dibujan un claro mapa geo-político en el mundo en nuestro mundo actual: los Estados Unidos como la Roma de nuestra época, el Imperio norteamericano económico y cultural dominando el planeta entero. Lo cierto es que estos valores han cambiado y se han revalorizado bajo la plusvalía del poder económico. Si Marx dijo que el opio del pueblo era la religión, ahora podríamos decir que es el dinero. En este mundo globalizado donde los valores mercantiles son los que se imponen, las mujeres tienen un papel muy pequeño, no son dueñas de grandes monopolios ni manejan empresas, no tienen poder en las instituciones, ni en las universidades o los partidos políticos. Son siempre elementos auxiliares o complementos para un poder androcéntrico. Su importancia tiene más bien una importancia vital: son estrictamente necesarias para la preservación de la especie. Esto hace que las políticas de crecimiento poblacional, y por tanto, económico, de los países considerados desarrollados enfoquen este problema desde el punto de vista político diseñando una serie de programas que tienden a encasillar a la mujer en cánones bastante tradicionales, reduciéndola a un rol instrumental y nada protagónico. Como tienen que ser buenas madres y dedicarse sobre todo a la crianza de los hijos, la preparación de la candidata importa muy poco, al contrario, mientras más incpacitada esté para reflexionar sobre sí misma y el mundo que la rodea, mejor. Posiblemente exagero, aunque no demasiado, porque al oír los programas de crecimiento poblacional para aumentar el peso de algunos países en la Unión europea, los incentivos son muchas veces espeluznantes. En una película de ciencia ficción inspirada en la novela de Aldous Huxley, En el mejor de los mundos, las mujeres serían unas perfectas máquinas reproductoras sin pensamiento, es decir, ¡sin capacidad para existir en tanto que personas independientes¡ Recuperar su dignidad es recuperar la capacidad de actuar. Mientras actuemos, nuestra existencia mantiene un sentido, sino, es como estar muertas. Más que un alegato contra los hombres, cualquier reivindicación debe ser contra todo tipo de alienación del pensamiento y opresión, provenga de donde provenga y en contra de quien sea. Sin quedarme en la evocación de la novela de Huxley o de la manera como existen los personajes mujeres en novelas de otros autores contemporáneos como Michel Houellebecq (quien, en sus Partículas elementales y después, en Plataforma, y la última, La isla posible, las hace desplazarse a lo largo de sus novelas en autómatas, perfectas Evas provocadoras, responsables de alguna manera de la expulsión del paraíso), los personajes que aparecen en las novelas contemporáneas no saldan su deuda con la Bovary de Flaubert, o el destino trágico de Anna Karennina. Entonces, ¿las mujeres estarían predestinadas, señaladas por un dedo fatídico a permanecer en la historia de la humanidad comos seres pasivos y sin consciencia? Hay una película de Godard, Filadelfia, en la que los seres humanos carecen de consciencia y las mujeres llevan un número inscrito en la nuca de acuerdo a una función concreta. Por ejemplo Ana Karina es una hermosa espía que tiene como misión asesinar a un hombre. Si esa pesadilla fuese verdad, existiría un catálogo en el que las mujeres podrían ser clasificadas con un rigor estricto y llevarían, por qué no, una inscripción (y sino por qué no clonarlas ¡para que sean siempre bonitas y jóvenes!). Sin llegar a ese extremo, la sociología y las tendencias darwinistas nos presentan un relato aburrido y estéril que avanza por delante. Aquí puedo entrar al terreno de la literatura. Podemos citar sólo algunas mujeres que tienen una importancia individual y autónoma en la historia de la literatura. La más importante, en la época contemporánea, sería Virginia Woolf, los hombres, incluso los más misóginos, han visto su obra con respeto. La primera vez que lei su diario, me impresionó la descripción de una anécdota a propósito de este tema. Se trata de Henry James, quien en un encuentro fugaz con esta autora le dice al referirse a su trabajo como escritora, que lo siga haciendo, que no lo hacía nada mal. La indignación de la Woolf se concentraba en la descripción de la mirada soberbia y desdeñosa del escritor. No creo que sea necesario que cite ninguna anécdota personal, no viene al caso y además sonaría a queja, pero es cierto que en el mundo de la letras, no del Ministerio de las letras, porque los que ejercen la literatura con levita o corbata, no me interesan, abundan este tipo de ejemplos. No porque la corbata no les quede bien a los hombres sino porque simboliza, en general, la jerarquía, la mediocridad y el arrivismo (por supuesto, depende quién lleve la corbata). En todo caso eso no es lo más importante, lo que interesa es dejar en claro que al entrar a este mundo de creadores se ingresa a un mundo en su mayoría masculina, el androcentrismo no es descubrimiento mío ni proyección de fantasmas, es concreto estadísticamente y constatable de manera cotidiana. Las mujeres entran en este mundo muchas veces con un sentimiento de deuda o de respeto por la figura paternal, como si asistieran como invitadas de honor a una fiesta a la cual no están verdaderamente invitadas, salvo con cupos limitados. Veamos, muchas escritoras se sienten reconocidas cuando son clasificadas en literatura de género, es decir, femenina, que es igual a las categorías de literatura “gay”, o de escritoras de “raza negra’, etc. ¿Por qué no decir simplemente, escritoras? Recuerdo la indignación de Toni Morrison cuando asistió como invitada al famoso programa de Pivot, “Apostrophes”, fue presentada como una escritora de raza negra norteamericana. Ella precisó, simplemente escritora. Es cierto que esto hubiese podido suceder con alguien del otro sexo, pero en este caso sonó peyorativo, a pesar de Pivot y de otros invitados en la sala. La tendencia del género en el acto de escribir no es para todo el mundo algo obvio, al contrario, las tendencias cientifistas tienden a reducir el comportamiento humano a estos elementos que no toman en cuenta el problema que cada escritor se plantea cuando decide (por razones metafíscicas, morales, subjetivas) escribir un texto. El problema de cómo hacerlo que es un problema con el instrumento que emplea, el lenguaje. Cada escritor tiene su propio infierno, su noche que aspira a llegar a la aparición del sol laminado que iluminará su día, la palabra, la frase que brillará cargada de sentido en la pantalla de su computadora o del papel en blanco. Esa velocidad, con la que ha pensado y sentido, y que se transforma en signo linguístico, depende de la confianza que sienta en su capacidad de manipular los códigos con que se expresa. Hay experiencias, tan intensas, que jamás logramos transformar en palabras, escapan a la expresión escrita, son movimientos fugaces de la consciencia, retro-activos, algo como lo que describía la escritora francesa Nathalie Sarraute al hablar de su escritura, oscilaciones de la sensación. La capacidad de alcanzarlos depende de la capacidad del propio escritor, y a veces, el pensamiento va más rápido que el gesto. La conciencia de Artaud fue más rápido que su pensamiento y de ahí la locura, de ahí el dolor y el grito. ¿Tiene algo que ver que sea “él” o “ella” quien escribe, o tiene que ver con una manera determinada de existir en un lugar y una circunstancia concreta, la vida de cada uno de nosotros como un acontecimiento, sucedido al margen de nuestras previsiones, el verdadero intríngulis? La vida concreta nos trasciende en el terreno psicológico y afectivo y nos obliga a enfrentar lo que Hannah Arendt llamaba el “quién” de nuestra propia historia. El despliegue de ese “quién” se da a la luz de todo lo que hemos acumulado como experiencia, a través de una voluntad por construir un proyecto de vida y no creo que esa idea, sartriana también, sea anacrónica. Su vigencia proviene del hecho de que ahora, más que nunca, estamos llamadas a hacerlo en circunstancias nada fáciles y definitivamente con riesgos cada vez mayores. Se prefiere la seguridad de un empleo, de una casa y una familia. Enfrentarse con su propia historia individual, asumirla, no es nada evidente. Hay que asumir cosas que muchas veces nos disgustan, la vida no alcanza para dedicarse a pensar en quién somos y cuál es nuestra situación en el mundo. Hay mucho ruido y mucha distracción. Siempre recordaré la anécdota en la que Sócrates, para tratar de reflexionar sobre un tema, dice que debería meter la cabeza en una bolsa para poder pensar bien, es decir, no distraerse con la mirada de su interlocutor. Y, en ciertas circunstancias, el que nos mira es juez y parte. Para pensar con independencia necesitamos hacerlo en el terreno de la libertad y para que ésta sea posible es necesario entrar en posesión de nosotras mismas, entrar en posesión de sí mismas significa apoderarse de las ideas y de nuestros afectos, ser creadoras de signos. Esto es algo que muy pocas personas llegan a lograr. Una vida parece muchas veces insuficiente para lograr ocupar esa casa desconocida que somos de alguna manera, y la frase de Sigmund Freud, que nadie es dueño de su propia casa, es lúcida si tenemos en cuenta de que muchas zonas de nuestra consciencia permanecerán en una zona oscura. Lo simbólico es el trabajo de una maquinaria compleja que trasciende el mundo de la razón comprendido como un orden lógico e intelegible a la inteligencia humana. Pero, ahora, hablamos en el plano de la acción, escribir un texto, en verso, en prosa, en discurso, es un trabajo que implica una voluntad, una voluntad de expresión que tiene que ver con una forma estética y sensible de ver el mundo. También significa actuar en el terreno de la plena libertad, la creación es el lugar donde este concepto es el más activo, el más vasto. No darnos cuenta de que en la creación, en cualquiera de los ámbitos en que se dé, es la manera de ejercer la mayor libertad en el pensar y en el conocer el mundo en el que vivimos, es desdeñar un privilegio. La creación, al ser un proceso, arrastra en sus aguas todo lo que encuentra y le da una forma determinada, la entrega en que se convierte el objeto de arte, un libro, un cuadro, una instalación, una composición musical o una pieza de teatro. No sé si es la mejor manera de decirlo, pero es justamente a través de estas maquinarias estéticas y sensibles que se puede llegar a poseer una consciencia de lo que somos como proyecto individual y colectivo. Lo individual siempre lleva integrado lo colectivo, por lo tanto, cada proyecto creativo, por más individual que parezca es una manera de ejercer un movimiento en el mundo de la comunidad, o en otras palabras, es un acto social y de comunicación. Hay un conocer que se da en le proceso mismo de la elaboración de un libro, por ejemplo, se descubren cosas sobre el mundo y sobre sí mismo, al menos, creo que es muy difícil arriesgarse a emprender un proyecto si se sabe desde el principio que es lo qué se va a decir y lo que se va a descubrir al final. Sería como recorrer siempre la misma calle, y aún siendo así, habría que tener en cuenta que la luz no será siempre la misma y la mirada nuestra tampoco. Pienso en cuando contemplo el fortín de Saint Jean de Luz, la primera vez que vine a este lugar, no lo había visto tan imponente, o mejor dicho, mis ojos no lo vieron, vi la colina, el mar, el horizonte y hasta el puerto con las embarcaciones encalladas, pero no el fortín. Ahora, desde mi ventana en le hotel Maurice Ravel, lo que veo es este fortín iluminado por los reflectores que resaltan su relieve y lo hacen imponente. Hay que mirar varias veces las mismas cosas, pensarlas varias veces para poder descubrirlas en toda su magnitud, pero por supuesto, hay que elegir y hay que decidir una cosa u otra, una expresión, una perspectiva. Lo importante es tratar de elegir con convencimiento y con voluntad. El resto, que nuestra elección no fue errada, sólo el tiempo lo dirá. Nada ni nadie es infalible. Si empecé a escribir, fue porque desde un principio el problema que se me planteó fue con el lenguaje y no con la realidad. En otras palabras era un problema con la representación y con el problema de los límites de ella. Desde un comienzo, estuvo claro, más que analogía con la realidad, más que contarla o representarla según los códigos que conocía, el deseo de plantear mi propia problemática individual con el lenguaje, con sus mecanismos de alienación y de poder. La cuestión del parecido a la realidad se lo dejaba a los periodistas, sociólogos, escritores menos inseguros, yo me ocuparía de reflejar mi propia problemática individual con el lenguaje. Era todo lo que podía hacer. Era eso válido, ¿sí o no? Fue una de las preguntas que me plantée: ¿qué reglas, quiénes harían que una propuesta sea estéticamente ilegítima? Cuando Wittgenstein, filósofo del lenguaje plantea que los límites de nuestro lenguaje son los límites del mundo, para mí el centro de mi problema estaba clarísimo. Yo quería mostrar al mundo esos límites sin pretender abarcar niguna totalidad, o mejor, renunciando desde la partida a esa ambición. En ese sentido mi punto de vista se podía parecer al de Robert Walser quien, en su libro El instituto Benjamenta (1909), hace que su personaje renuncie a una existencia más allá de la que tiene en el texto, en una auto-reducción que es de alguna manera estratégica: para poder existir libremente es necesario renunciar a una existencia omniciente en el texto, osea, renunciar a la presencia del autor a través de su propio personaje que se decide a ser menos que un cero, menos que nada, o simplemente nada. Yo había entendido esta renuncia muchas veces como terapia, una manera de cura contra la manía melógama de escribir. Pero de alguna manera es una forma de existir en el fragmento de la indesición que podría también considerarse como una vocación por el fracaso. Esa aparente inamovilidad revela tal vez una ebullición interna constante que no permite decidirse por nada, lo que Claudio Magris interpreta en Hofmannsthal como el movimiento de las partículas que no llegan a formar una unidad. En el caso de Walser su renuncia es también decidirse por la irresolución tanto como en otro escritor latino-americano, Julio ramón Ribeyro, se expresa en una vocación por la caída o el fracaso. Sin darse cuenta, con su obra autobiográfica, La tentación del fracaso (Campodónico editor, Lima, 1994), Ribeyro se ha inscrito en esta larga generación de irresueltos que no han optado sino por el silencio o la obra exigua. En el caso de una escritora la diferencia radicaría en que sería una decisión de orden filosógico y también existencial. Cuando George Steiner escribe que toda creación está inspirada en la idea de una presencia real, o mejor dicho, en una especie de supuesto metafísico que nos revelaría la presencia de Dios (según él, todo obra de arte parte de esta intuición), la teodicea se pone en marcha, pero se trata de un sistema cuya naturaleza es también masculina. Con esto quiero decir que las mujeres tendemos a aceptar con más facilidad el punto de vista de ese “otro” masculino”, pero ¿quién es ese otro? es la pregunta que se plantea sin cesar.
EL MITO DE ISOLDA
La historia de la mujer que necesita anularse a sí misma, puede estar presente en el mito de la mujer fatal, aquella que traiciona sin cesar para moverse en el plano de la indecisión. Este bovarismo del personaje femenino está presente en varias novelas del siglo XIX, sobre todo en aquellas descritas por la mirada masculina. Veamos, en Anna Karenina, de Tolstoi, su pasión termina por arruinarla llevándola al suicidio. Anna Karenina no se libera de su esclavitud de género, se inmola en ella. Vronski es incapaz de ver esta mujer presa de esa fragmentación que produce la pasión o el deseo que la separa de su familia y que la convierte no en una sola sino en varias mujeres, aunque su pretención sea permanecer unida al rol que le ha impuesto el matrimonio. Emma Bovary es mucho más lúcida con esta intuición y más que suicidarse desesperada, decide su propia muerte cuando se da cuenta de que estará por siempre fragmentada: et pourtant je l’aime... frase que ella pronuncia luego de ver a su amante Rodolphe, es el reflejo de una consciencia que se ve a sí misma abandonada a su propia incompletitud. Siempre me he inclinado a pensar que en el imaginario de las mujeres existe, por razones culturales, una figura totémica masculina, una figura fundadora que tiene que ver con esa presencia de Dios y que revelaría a la mujer su incapacidad de existir sino es a través de la traición de la persona que ocupa el lugar del padre, en este caso el marido de Emma, o el de Anna, tal como Moisés tuvo que matar a todos sus dioses para ser monoteísta (Freud, Malestar en la civilización). Para ese encuentro con la unidad, una dialéctica, que significa oposición hegeliana hacia un estado de identificación con esa figura tutelar, somete a cada mujer al sacrificio de la pluraridad en busca de ese mito primigenio. Isolda, por otro lado, como mujer fatal, representa la mujer decidida a atravesar el espacio de la fragmentación. Ella, a diferencia de Tristan, bebe la pócima con convicción, segura de que desea esa pasión, pese a estar ligada a otro hombre. Cuando su sirvienta, Brangian, le dice: beba, Isolda este brebaje que ha sido preparado en Irlanda para el rey Marc. Isolda no responde y deja hacer a la sirvienta. En cuanto a Tristán, creyó que se trataba de un vino elegido ofrecido por el rey. A guisa de hombre cortés, vertió una buena parte del brebaje en una copa que extendió a Isolda que bebió a sus anchas. Más tarde, Isolda es también esa mujer que desde el relato bíblico inspira desconfianza, aquella mujer pérfida, un tanto manipuladora y más fuerte en su determinación que el hombre: Y sin embrago Isolda, desde la noche de bodas y después, se mostró ante los ojos del rey Marc como una esposa tierna, juguetona y ardiente de placer. El rey se confiesa encantado con ella y le devuelve caricia por caricia. Tristan lo sabe y no siente celos.
EL EXILIO
Escribir desde una posición de exilio, significa de alguna manera escribir desde una región apátrida y sin orígenes. De alguna manera es escribir desde el lugar neutro. No identificarse ni con el pronombre maculino ni con el femenino lleva a una hibridación de la creación. El signo linguístico tiene un significante mayormente masculino, y quisiera remarcar que siempre me han sorprendido que todas las referencias al género humano se hagan con los nominativos masculinos y la forma como las mujeres han aceptado este hecho sin mucha oposición. Cuando Roland Barthes habla de la escritura literaria como una elección moral, creo que también podría incluir la elección de un escritor al decidir expresarse desde un lugar neutro, es decir desde un lugar que no le pertenece a ningún género. La voz omniciente es, en principio, andrógina o simplemente contemplativa, ante ella pueden desfilar los hechos sin tener que optar por una voz definida. La importancia de las voces en primera persona en las últimas décadas podría estar en relación con el hecho de que ha existido un vacío en la visión del mundo dada por mujeres más que el resultado de una identificación de género. Las escritoras que escriben en primera persona y desnudan una parte de su subjetividad a un lector no siempre preparado para acogerlas, están sedientas por construirse un ego suficiente fuerte para afrontar el mundo y la vida en comunidad. (ver la literatura como un espejo, Rorty). Las inflexiones del discurso, como la comprende Barthes en su idea de “lo neutro”, tiene que ver con una situación concreta en la sociedad. Cuando el discurso está cargado de significado es afirmativo, adjetiva, está impregando de cólera o es arrogante, pero cuando opta por un “neutro”, opta también por una especie de somnolencia, oscilación o retiro, nos explica. Tal vez podría citar “Las olas”, de Virginia Woolf, texto en el que se perciben las oscilaciones o palpitaciones psíquicas de los protagonistas, y no así la diferencia biológica. Otro texto que podría citar son los Tropismos, de Nathalie Sarraute, quien ha tratado de explicar varias veces que escribir no es simplemente decir: La marquesa salió a las doce, sino de una problemática con el lenguaje que plantea conflictos de orden linguístico, de espacio-tiempo, pero sobre todo de identidad con el idioma. Si seguimos indagando en este terreno encontraremos ejemplos contemporáneos de esta neutralidad en el texto. Cito sólo algunos porque los textos considerados como escritura blanca, Blanchot o Camus, son textos que responden a una crisis del sujeto moderno, pero un sujeto encarnado en el género masculino. Lo que quiero decir es que, aunque pueda parecer contradictorio, parte del problema del lenguaje en la literatura escrita por mujeres radica más que nada en un equilibrio de poderes, en su relación con la expresión escrita y en las posibilidades de una inter-acción rica y armoniosa. Podemos, a fuerza de trabajo, sentir que el lenguaje se hace dúctil y más expresivo, y sin embargo temo que a lo mejor las limitaciones socio-culturales, o el alcance semántico de un discurso proveniente de una mujer sea limitado. Ahora, es importante volver al hecho de que después de Nietszche, la consciencia como unidad haya desaparecido. Ese desorden de átomos de los cuales nos habla su filosofía post-moderna nos arroja como resultado un sujeto incapaz de ejercer cualquier esfuerzo de unidad en el trabajo que lo ocupe. Es una demisión involuntaria si se quiere en la que esta ausencia, una especie de deicidio a traves del lenguaje, ha producido un silencio prescriptivo. Aparece después de la escritura blanca, tal vez una escritura del silencio, una escritura que manifiesta estos problemas con el lenguaje, algo que ya había empezado con la escuela de Frankfort, Carnap y Wittgetstein. Frente a lo indecible, la escritura bordea los contornos de un Yo que se absorve en el mismo proceso creativo, con lo cual la identidad biológica, por decirlo de alguna manera, quedaría en un segundo plano. ¿Existe entonces la posibilidad de ejercer una intención determinada sobre el acto mismo de escribir? Esta es la gran pregunta y su correlato inmediato, cuáles serían los mecanismos de resistencia a un proceso de alienación. Soportar el peso de trabajar con un lenguaje netamente alienado, aún sabiendo que nos perderemos en sus redes, es quizás el trabajo fundamental de la literatura, es donde empieza a aparecer lo que podría llamarse el trabajo de escritura. Pero, poniéndonos en el simple hecho que a partir del instante en que un pequeño grupo humano decide expresarse en un idioma, por ejemplo, en el caso de Kafka, como lo explican Guattari y Deleuze en su libro Por una literatura menor, se decidiría por una literatura política. La literatura menor es completamente diferente, su espacio exiguo hace que cada hecho individual esté inmediatamente conectado con el plano político. Cuando hablo de exilio, quiero decir que se da ese itsmo, o mediante un proceso de des- territorialización, osea, desde un idioma que de alguna manera no nos pertenece. Y aunque Kafka explicó que ese tipo de idioma era mas apto para trabajar la materia, la muralla evidente será el espacio donde este tipo de literaturas serán interpretadas. En estos casos no hay muchas opciones, podemos optar por una especie de desertificación emotiva del idioma materno haciendo de ella un instrumento, o ir al encuentro de las palabras para expresar el conflicto y librar en le plano del texto esa pugna de poderes. He visto libros escritos con la mas clara intención de expresar una resistencia a las formas mas comunes de dominación, pero ¿es esta una verdadera lucha, o es simplemente un maniqueísmo exagerado que no lleva sino a hacer textos cargados de quejas muy fácilmente encasilladas en sensiblería mujeril? La pregunta que se hacen Guattari y Deleuze es como arrancar a su propio idioma una literatura menor capaz de marcar el lenguaje y hacerlo seguir una línea revolucionaria sobria. Veamos qué dice Kafka: robar el niño de su cuna o danzar sobre la cuerda. En este caso, las palabras cobran vida, como lo describe luego también Kafka: Ninguna palabra o casi ninguna coincide con otra, escucho las consonantes frotarse las unas a las otras con un ruido de fierro y a las vocales cantar como esclavas de la exposición. El lenguaje de todas formas mantiene un orden jerárquico y es difícil ejercer un poder de resistencia. La des-territorialización de la que yo hablo es aquélla en la cual las personas de sexo femenino que deciden expresarse en el idioma de poder, asumen consecuencias concretas. O bien pasan a ensanchar el corpus literario con una posición más o menos conservadora, o de lo contrario optan por una escritura supuestamente autobiográfica y una intimidad en la palabra como lo explicaba una escritora francesa, Christine Angot (L’inceste, Stock). Hay aquí, a mi punto de ver, un problema político de confrontación de poderes mas que un problema de género si tomamos en cuenta lo que antes se ha expuesto. Cuando las escritoras hablan de reivindicar ciertos derechos, hablan de un manera de ver el mundo a partir de na situación existencial concreta. Al decir que podrían se consideradas como literaturas menores, me refiero a la necesidad que encuentran algunas autoras de instalarse en un plurilinguismo en su propio idioma, o de servirse de la multiplicidad que ofrece su cultura. Por qué no, como lo dicen Guattari y Deleuze, de su sub-desarrrollo y su tercermundismo; pero, y sobre todo, de un llamado a la desobediencia. Escribir sobre ciertos temas o negarse a utilizar los clisés de un lenguaje cultural es una desobediencia al sistema patriarcal, es una exigencia de libertad y de equidad.
EL LENGUAJE SIMBOLICO Y EL LENGUAJE INSTRUMENTAL
Comunicación y persuasión: transtocar roles....
Desde el romanticismo, el lenguaje ha recurrido a los símbolos, es decir, que su función, más allá de ser un instrumento de comunicación, es también un transmisor de mitos y creencias que se han ido manteniendo a través de los siglos. Ese rol simbólico es un rol que se ha ido transfromando con los tiempos y que, sin duda ha recibido la influencia del psicoanálisis, la antropología y otras corrientes filosóficas como el estructuralismo. Los símbolos son ese enjambre en el cual se mezclan nuestra experiencia colectiva y subjetiva. En la colectiva, por supuesto, están aquellas que nos han transmitivo la educación y la experiencia familiar. Lo símbolos del poderío masculino, son uno de ellos. La religión judeo-cristiana sin duda ha modelado la manera de pensar de muchas mujeres que no ponen en duda el valor de un sistema patriarcal por temor de la exclusión social, de lo contrario, constituirían un riesgo seguro. En la creación los símbolos femeninos han estado ligados a un rol sexual para comprender los que Lévi-Strauss concibe como estructuras elementales de parentesco. Se dice comúnmente es un símbolo sexual, pero no es un símbolo intelectual. La Lolita nabokoniana es otro símbolo femenino, igual que el mito de la nínfula seductora que desfila por los cuadros del pintor Balthus. El tabú del niño asexuado y sin perversión queda trastocado por la visión erótica de Nabokov y Balthus por dar algunos ejemplos. De la misma manera, algunas autoras pueden ejercer una presión en la concepción de estos símbolos cuando crean personajes masculinos que trascienden el clisé y se convierten en verdaderos seres humanos que trastocan las categorías de comportamiento o esencia femenina. Este tipo de teorías finalistas, son extrañas porque aparentan ser inocuas, todo el mundo las maneja como un lugar común, pero transpiran un fondo mucho mas complejo. Son todas esas ramificaciones de dominación que están tan integradas en la doxa que nadie las percibe como alienación. Y nada mas cambiante que ese sistema de valores que es el idioma, siempre sujeto a las transformaciones del tiempo. Por ejemplo, pensaba que ciertas nociones freudianas han sido completamente integradas al lenguaje popular. Casi nadie ignora que significa el complejo de Edipo o qué es la histeria, atribuida sobre todo a las mujeres. Este sistema de símbolos, obviamente ha ido cambiando con el tiempo. Encontramos significados o palabras que significan cosas que antes era imposible mencionar. En ese aspecto, el lenguaje de las nuevas generaciones es más libre y más espontáneo. Esa manera oblicua de hablar, se ha convertido en nuesttros tiempos en una forma directa, por decirlo de otra forma. Quizás ahora sea cada vez más difícil herir la sensibilidad de un lector, quiero decir que junto con la explosión de certezas que ha vivido nuestra época, las censuras también se han erosionado, pero, ojo, hasta ciertos límites. Si los discursos se han hecho más libres, es sólo en ciertos niveles que esto se puede expresar y con ciertas condiciones. La historia de los sistemas linguísticos y los códigos de lenguaje han cambiado para dejar más espacio a la libertad de expresión, por usar un término periodístico, pero estos codes switchings, como se les conce en inglés, están sujetos a reglas de espacio y tiempo bastante determinadas por los mecanismos de poder. Es decir, que en esas condiciones la desobediencia no es siempre evidente y puede ser castigada, trataremos de analizar el por qué.
Bibliografía
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