EL BAUTIZO DE LOS PERROS

 

—¿Quién pegó más fuerte? —preguntó uno

de los verdugos.

El cadete Vargas Llosa miró nervioso a los

dos muchachos de cuarto año que tenía frente

a él y respondió como un novato que desconoce

las reglas.

—¡Usted mi cadete! —dijo Vargas Llosa con

obligada firmeza, haciendo una seña a quien

le había preguntado.

—¡Ah! ¿O sea que yo no te pegué fuerte?

—reclamó el otro—. A ver, vamos a ver.

Quería superar el golpe que su compañero

había descargado contra el brazo del cadete

Vargas, a quien estaban bautizando, cumpliendo

ese ritual del que eran víctimas todos

los que ingresaban en el colegio. Al mismo

tiempo, en el estadio, en los patios, en las cuadras,

en los baños, por todas partes, decenas

de cadetes del cuarto año se divertían, dándoles

una bienvenida de puñetes y patadas a los

recién ingresados, los de tercer año, los perros.

Durante un año, los nuevos cadetes cargarían

la cruz más pesada que existía en el Colegio

Militar Leoncio Prado: ser perro era quedar

confinado al último escalafón de esa jungla escolar

donde reina el más macho.

—¿Y ahora quién ganó? —preguntó el otro

cadete de cuarto año, sin dejar de enseñar los

puños.

—Sí, ahora usted —dijo Vargas Llosa, presintiendo

lo que vendría.

—¡Ajá! ¿Y yo nada? ¿O sea que yo no te pegué

bien? —replicó el primer verdugo—. Pues

vamos a empatar la cuenta.1

Era sólo el tercer golpe de quién sabe cuántos

más tuvo que resistir el cadete Vargas

aquella misma tarde. «Había un contraste entre

la luminosidad del día y el miedo, la inseguridad

», recuerda ahora el escritor delante

mío. Vargas Llosa se acaba de sentar en la sala

de su departamento de Barranco, frente al

mar, donde suele recibir a los periodistas. Lleva

puesta una camisa de manga corta y un

pantalón de drill azul, y, lejos de sus trajes y

corbatas protocolares, su atuendo delata la comodidad

de estar en casa. Quizás por eso, lo

primero que me dijo al hacerme pasar a esa sala

contigua al escritorio donde suele trabajar

—y sobre el cual descansan algunos de los hipopótamos

que colecciona—, fue «caramba,

qué elegante has venido», viéndome encajado

en un traje que llevaba puesto sólo para visitarlo.

Allí lo vi representar ese diálogo a tres

voces que había rescatado del olvido de su

adolescencia en el Colegio Militar. Estaba sentado

frente a mí, sobre uno de esos sillones impecables

que formaban una media luna, la

cual cercaba una mesita de vidrio. Sobre ella

descansaban gruesos libros ilustrados, que

cumplían con su función decorativa.

Vargas Llosa recuerda el día del bautizo,

esa mañana en que los cadetes lo golpearon, y

su carcajada corta el relato como si fuera un

espasmo de tos incontenible. La distancia de

los años le ha permitido combinar esas imágenes

sombrías con unas risas de nostalgia que

disipan hasta el más mínimo rencor. Sus ojos

se contraen ligeramente, como si se recuperara

en ese instante del flash de una fotografía

perdida. Parece como si se dijera a sí mismo:

¿Cómo pude haber tenido tanto miedo en una

situación tan ridícula? Su risa breve amortigua

el rubor de ese recuerdo. A nuestras espaldas,

una pared de vidrio nos separa de los estantes

de su biblioteca sagrada, a la que sólo se puede

entrar con su autorización. Desde la terraza

de su dúplex se puede ver cómo el cielo gris de

Lima borra el horizonte. Lo pude comprobar

días más tarde, cuando regresé para hurgar en

su archivo de recortes de periódicos y revistas

que ocupaba una pared entera, y que debe ser

igual al que tienen todas las celebridades.

Vargas Llosa confiesa que ésa no fue la única

vez que lo bautizaron ni aquéllos sus únicos

sacristanes. El bautizo era el nacimiento de la

vida militar. Pocos se podían salvar de aquella

ceremonia que, según el escritor, era un ritual

autorizado. «Recuerdo que me hicieron hacer

desde los ángulos rectos hasta nadar de espaldas

la cancha de fútbol y pelear con otro cadete

como perros», me dice Vargas Llosa de

memoria. Todo estaba permitido ese día, porque

las autoridades desaparecían para evitar

las sanciones por los posibles abusos. No era

un secreto que los oficiales del Colegio Militar

pensaran que el bautizo era una bienvenida

merecida. La vida era dura y había que aprender

a luchar, a ganarse su lugar, decían. Por

eso, era fundamental que desde el primer día,

los nuevos alumnos admitieran de golpe la filosofía

de la institución.

Así era el Perú en 1950, un país gobernado

por militares y en el que la iglesia, la prensa,

la radio, y la mayoría de la gente apoyaba

al régimen que prometía orden, paz y progreso.

Era una época en que las mujeres se debían

quedar en casa, como dictaban las

normas sociales, y en la que los hombres debían

salir adelante a empellones. Todos los

perros, víctimas de tal ceremonia de admisión

a la casta militar, guardaban el secreto consuelo

de que al año siguiente serían ellos los

anfitriones de los nuevos cadetes. Cuando los

perros pasaban a cuarto año se convertían en

«chivos»2 y esa nueva jerarquía les permitía

devolver los castigos sufridos el año anterior,

a los recién llegados. Por eso los perros, que

no tenían más opción que acceder al rito, par-

ticipaban con la resignación de quien se sabe

sólo un perdedor temporal. «Todos íbamos un

poco preparados para esa prueba de fuego»,

me cuenta el escritor.

* * *

Vargas Llosa no lo recuerda. Pero fue el sábado

25 de marzo de 1950 cuando la jauría,

que conformaba el tercer año de secundaria,

entró al colegio por la puerta de La Prevención3.

Él era un cadete más entre los 352 cadetes que formaban la séptima promoción. Esa

mañana todos bordearon el edificio administrativo

y caminaron en dirección al patio del

pabellón que les había sido asignado, aún vestidos

de civiles. Allí se congregaron a medida

que fueron llegando los flamantes ingresantes

al Colegio Militar Leoncio Prado. Eran las ocho

de la mañana y el patio del pabellón Duilio

Poggi, que sería ese año el hábitat de los perros,

quedó colmado por decenas de adolescentes

impacientes.

Los rezagos de sol aparecían esquivando la

niebla que empieza a aparecer hacia fines de

marzo y que advierte la agonía del verano en

el distrito porteño de La Perla en el Callao. En

ese mismo lugar, siete años atrás, el presidente

Manuel Prado había fundado el Colegio Militar

en lo que antiguamente fue el local de la

Guardia Chalaca. Agrupados al azar en once

cuadrillas, los cadetes ya se habían formado

tras las primeras órdenes del oficial, quien, a voz

en cuello, organizaba al batallón de novatos. Parado

entre la multitud, el anónimo cadete Vargas

Llosa debió husmear disimuladamente el

mar de caras que colmaba el patio. Salpicados

en las filas que se habían organizado inicialmente

sin ninguna lógica, le saltaban algunos

rostros conocidos. Varios eran amigos del colegio

La Salle, del cual procedía. Uno o dos del

barrio de Diego Ferré en Miraflores. También

estaban los que había conocido durante los

años que vivió en Piura, y tal vez, algún otro

rostro instantáneo que vio de pasada en las

fiestas del Club Regatas. Sin embargo, le asombraba

que la mayoría fueran desconocidos.

Nunca había visto tan junta la colorida diversidad

del Perú: blancos, negros, chinos,

cholos, se mezclaban entre las filas, dibujando

anticipadamente lo que sería el rostro amorfo

de Lima décadas más tarde. Vargas Llosa asegura

que el Leoncio Prado lo hizo descubrir

realmente Perú. «La idea que tenía de mi país»

—me dice—, «era una idea muy cortita, una

idea muy breve. Era un Perú visto desde el

mundo de clase media, muy pequeño. Tenía

una visión muy fragmentada e irreal». El Colegio

Militar reproducía en pequeño la diversidad

económica y étnica del país. «La mayoría

de nosotros llevaba a ese espacio claustral los

prejuicios, complejos, animosidades y rencores

sociales que habíamos mamado desde la infancia

y allí se vertían en las relaciones perso-

nales y oficiales, y encontraban maneras de

desfogarse en esos ritos que, como el bautizo y

las jerarquías militares entre los propios estudiantes,

legitimaban la matonería y el abuso»,

delata en sus memorias.

Y es que los cadetes que formaban la séptima

promoción habían llegado de todos las regiones

de Perú, muchos de ellos favorecidos

por las becas que el Estado otorgaba a los postulantes

con mayor puntaje, tras un disputado

concurso de admisión en que quedaban fuera

docenas de aspirantes. A pesar de que la mayoría

de los alumnos eran limeños, todo estaba

dispuesto para que cada departamento recibiera

las plazas correspondientes a su población

estudiantil de forma equitativa. Ser

leonciopradino era un privilegio que no cualquiera

podía tener. Sin embargo, la clase acomodada

a la que pertenecía Vargas Llosa

miraba a los cadetes como miembros de una

casta menor, pero que poseía ese encanto militar

que siempre ha atraído sutilmente a quienes

dominan el país.

Los padres de familia solían mandar al

Leoncio Prado a aquellos hijos incorregibles,

sobre quienes su voz de mando había perdido

control. Otros, lo hacían para preservar la tradición

militar que pesaba sobre sus familias y

para asegurar el rumbo de los sucesores. Varios

cadetes de la séptima promoción llegaron

a ser generales del Ejército peruano y hubo

uno que estuvo más cerca que Vargas Llosa de

sentarse en el sillón presidencial de Palacio de

Gobierno. Ése fue Jaime Salinas Sedó, conocido

entre los cadetes con el empalagoso apelativo

de «Azuquitar», por ser muy considerado,

según lo que escribieron, en 1952, sus compañeros

en el anuario de la promoción el año en

que se graduaron. Azuquitar fue uno de los

generales que lideró el intentó golpista contra

el presidente Fujimori, luego de que éste disolviera

el Congreso el 5 de abril de 1992. Por ese

rapto de consideración que tuvo el general Salinas

Sedó para con sus compatriotas —quienes

no sospechábamos que comenzaba una

larga y corrupta dictadura— debió pasar años

amargos recluido en un penal militar.

Por otro lado, estaban aquellos padres que

frente a la sospechosa delicadeza de sus hijos,

creían que la formación militar los obligaría a

componerse. Y también había mucho cadete

que estaba en el Leoncio Prado por necesidad:

ser cadete becario era un ahorro enorme para

las familias pobres que empezaban a abundar

en todo el país.

Mientras uno de los tres tenientes a cargo

de las once secciones tomaba lista, el cadete

Vargas Llosa se había extraviado entre la multitud.

Desde un lado del patio vibraba con cadencia

militar una voz decidida que dictaba el

nuevo orden de los cadetes por estatura. Vargas

Llosa era de los más altos y, aunque aún

no lo sospechaba, eso le ofrecería algunas

ventajas.

—Valdivieso Gaínza, Ricardo, a la primera.

—Valle Velasco, Luis, a la novena.

—Vargas Cisneros, César, a la novena.

—Vargas Llosa, Mario, a la segunda.

Tuvo que pasar un largo rato para que todos

los cadetes fueran reubicados. Aunque el

colegio había tomado la estatura de todos los

postulantes cuando éstos fueron a inscribirse,

hubo imprecisiones al momento de ubicarlos

en sus respectivas secciones que sólo se corregirían

al año siguiente. Algunos cadetes quedaron

entonces en secciones donde eran muy

grandes o muy pequeños. Como Mario Vargas

Llosa era de los perros más grandes, lo mandaron

a la segunda sección de las once que había.

Los más altos quedaron en la primera

sección y los más bajos, en la última. Al año siguiente,

Vargas Llosa pasó a la primera sección

porque pegó un estirón.