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Cuando volvieron a estar organizados en filas, empezó la repartición de los uniformes. Las caras de los cadetes eran sepultadas por la enorme cantidad de prendas que recibían de manos de los suboficiales, que ayudaban siempre a los tenientes en esos asuntos logísticos. La mayoría quedaba atónita por la generosidad del colegio, que daba una primera impresión maravillosa. Una impresión que para el cadete Vargas se desvanecería el día del bautizo. Más de la mitad de los ingresantes provenía de familias en las que era un verdadero lujo tener un par de zapatos. En ese sentido, el Colegio Militar Leoncio Prado podía ser un padre ferozmente estricto, pero también muy preocupado por darles a sus cadetes la mejor indumentaria a su alcance. Muchos ex alumnos recuerdan aún hoy, los inolvidables abrigos de invierno, de la guardia montada canadiense, que tenían un centímetro de grosor por el forro, el acolchado, y el paño del que estaba compuesto, y que los cadetes se ponían encima del uniforme caqui que usaban diariamente4. Pero para el cadete Vargas Llosa que pertenecía al pequeño grupo de jóvenes de familias de alta clase media, ninguna prenda podría ser paliativo de la insatisfacción que descubriría con los días. Todavía en esos instantes a nadie le preocupaba el cautiverio al que estaban siendo sometidos. La primera salida autorizada para la promoción recién llegada estaba programada para el 7 de junio, Día de la Bandera. Tendrían que esperar nueve semanas antes de ver la calle oficialmente. Y es que, según los oficiales del Colegio Militar, los cadetes de tercer año que recién se incorporaban al internado, necesitaban un tiempo para adaptarse al nuevo régimen castrense. Por eso, las autoridades educativas habían creído, desde que se fundó el Leoncio Prado, que la mejor manera era una reclusión de dos meses, antes de volver a sus casas cada fin de semana. Pero nadie podía aguantar tal reclusión sin haber estado antes reo. Había que escaparse. A pesar de que el Colegio Militar era aún joven, ya se habían establecido tradiciones que durarían eternamente. «Tirar contra» era el eufemismo leonciopradino con el que se había rebautizado la acción de fugarse: una tradición necesaria. No se podía correr más riesgo. El cadete que fuera descubierto «tirando contra» sería expulsado. Si bien lo de la expulsión persuadía a algunos cadetes que preferían no arriesgarse, a otros, aquello no hacía más que aumentarles el deseo de lograr semejante proeza. Vargas Llosa recuerda las «contras» como grandes aventuras de las que hoy se enorgullece con disimulo, con rostro de gloria pasada y, tal vez, con ligera vergüenza presente. Entonces, lo único que le importaba realmente era recuperar la libertad perdida. Libertad que aprendió a desear más que nunca desde el cautiverio leonciopradino. Él aceptó ingresar al colegio militar porque quería alejarse de su padre. Después de los tres años insufribles que había vivido con él, luego de conocerlo en el malecón de Piura en 1947, sólo esperaba que llegara el día en que pudiera irse de su lado y así recuperar su libertad. Por eso, cuando apareció la oportunidad de ingresar al Leoncio Prado no la despreció. Pero nunca se imaginó que allí, en el Colegio Militar, se llegaría a sentir esclavo. Al finalizar la repartición de prendas, los cadetes terminaron ordenados por tamaños. No todos habían tenido la suerte de recibir ropa de su talla, así es que una vez que estuvieron ordenados se hicieron algunos cambios que no favorecieron a todos. El cadete Vargas Llosa fue una de las muchas víctimas que tuvieron que soportar una cristina5 chica sobre su cabeza grande, y unos pantalones que le quedaban cortos encajados en sus piernas largas. La expectativa que traía por unos instantes el haber terminado con el trámite más primario, previo a tener cualquier seña de la verdadera vida militar, distrajo a los cadetes. Aún nadie se imaginaba que ser de las secciones de los enanos, lo convertía a uno en virtual servidor de quienes pudieran doblegarlo en tamaño, aunque fuera por un pelo. Así, los más grandes, que serían los más temidos, estarían en las primeras secciones, mientras que los más pequeños, y, seguramente, más benévolos, se tendrían que conformar con estar en las últimas secciones. Las nuevas filas de cadetes formaban un rectángulo humano que permanecía sembrado en el patio del pabellón Duilio Poggi en el que convivirían todos los perros durante ese año. Ese pabellón llevaba el nombre de un cadete de la segunda promoción fallecido tempranamente. Ningún otro pabellón ha tenido jamás una identidad, quizás porque no hubo otro cadete con su suerte. Vale la pena contar su historia. La noche del 28 de diciembre de 1946, Poggi fue conducido de emergencia a la clínica mientras agonizaba a causa de una brutal gol- piza. Sólo alcanzó a balbucear «que un zambo, alto y fuerte, lo había golpeado por defender a una chica cerca del Campo de Marte»6. Uno de los compañeros de sección de Mario Vargas Llosa, el cadete Max Silva Tuesta, recuerda haber escuchado entonces que Poggi se había bajado del tranvía Lima y Callao, en el que viajaba, con la intención de recuperar la cartera que le había sido arrebatada a una pasajera. Pero las versiones abundaron. En esos años, Lima era una ciudad que llegaba apenas al millón de habitantes y en la que un suceso como tal se comentaba durante semanas. Se dijo que el cadete Poggi paseaba con la joven cuando fue atacado por un asaltante súbitamente. Otra versión aseguraba que había sido provocado en el tranvía por el malhechor, y no faltó quien rumoreó que el asesino no estaba solo. Pero no se descubrió al culpable y el crimen quedó impune. Recién cuatro años después, en octubre de 1950, y cuando los perros de la séptima promoción estaban por terminar su primer año en el Leoncio Prado, apareció un sospechoso. Un guardia de la cárcel El Frontón había escuchado decir a Severino Joya Illescas, un zambo bien plantado, ser el autor del asesinato del cadete Poggi. El primero de noviembre, el diario Última Hora, un tabloide precursor del periodismo sensacionalista del país, le dedicó tres páginas a una noticia que tituló «¿Qué le ocurrió al cadete Poggi?», todo el Colegio Militar estaba |
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consternado. Las autoridades abrieron el caso y Última Hora lo siguió de cerca. Tras diez días de investigación policial y de primeras planas que apuntaban en dirección a Joya Illescas, el caso dio un giro inesperado. Carlota Joya, tía del presunto asesino, declaró que el día del crimen su sobrino se encontraba recibiendo su jornal a 243 kilómetros del lugar de los hechos: era peón de la hacienda San José, en Chincha. Rodney Espinel, periodista de Última Hora a cargo de seguir el caso, fue hasta Chincha y comprobó que el 28 de diciembre de 1946, Severino Joya Illescas no había matado a nadie: la huella digital que el zambo había estampado en las planillas de la hacienda demostraba su inocencia. La primicia de Última Hora remeció a la familia leonciopradina que no salía del asombro. «Joya es inocente», advertía a toda página el titular con el que abrió Última Hora el lunes 13. A los cuatro días, el viernes 17, los padres del cadete Poggi señalaron que estaban convencidos de que Joya no era el asesino7. El caso nunca se resolvió. Poggi se consagró en el primer mito del joven Colegio Militar Leoncio Prado y llegó incluso a tener un parque y un monumento en su nombre. El cadete Vargas Llosa aún no sospechaba que, años más tarde, sería él quien opacaría cualquier leyenda antecesora. Una de las primeras órdenes que recibieron aquella mañana los cadetes fue la de coser cuidadosamente su «número de matrícula» en to- das sus prendas, que no eran pocas. Habían recibido unas cintas de varios metros en la que su identidad quedaba reducida a tres dígitos. El código correspondiente, que guardaba directa relación con el orden de mérito del examen de admisión, venía estampado en las cintas y se repetía suficientes veces como para poder etiquetar todas sus prendas y darles esa seña personal. Vargas Llosa ha olvidado esa identidad elemental que otros compañeros tienen aún fresca. El cadete Enrique Morey era el 007, Herbet Moebius recuerda haber sido el 011 y Max Silva Tuesta el 033. Este sistema con apariencia inútil, era fundamental para que los cadetes que perdían o malograban alguna prenda, no se vieran tentados a tomar la del compañero. Sin embargo, como todos los nuevos alumnos comprobarían días más tarde, robar prendas se convertiría a la larga en un deporte divertido y arriesgado. Los cadetes fueron conducidos a sus cuadras donde les asignaron a cada uno camas y roperos. Nadie pudo decidir sobre su ubicación: en el Colegio Militar el apellido determinaba el destino, porque todo se regía por orden alfabético. Les ordenaron cambiar su ropa de civiles por los horribles uniformes de diario color verde que les habían dado temporalmente, hasta que llegaran los de color caqui que todavía no estaban listos. Durante todo el sábado, los suboficiales se dedicaron a enseñarles las reglas más simples que tenían que respetar para poder sostener una convivencia ordenada con los demás estudiantes del cuarto y quinto año: el respeto, el saludo y la subordinación automática. A las seis de la mañana, el corneta tocaría la diana y todos los cadetes saltarían de las camas como resortes para ir al estadio a cumplir la rutina de ejercicios. A las siete en punto, todas las secciones formarían en el patio de su pabellón, luego de un rápido duchazo helado, y sólo se le permitiría llegar con retraso a la fila al cuartelero. Éste era un cargo rotativo cuya tarea consistía en resguardar el orden de las cuadras y además, ser el responsable de echar llave al cuarto una vez que todos estuvieran afuera. Entonces, marcharían llevando con sus pasos el compás marcial del reloj hasta el amplio comedor para mil personas. Al terminar el desayuno volverían a las cuadras, sólo para retirar sus materiales de estudio, y entonces formarían nuevamente. Esperarían que pasen los de quinto, luego los de cuarto, a quienes les deberían obediencia, y al final irían ellos, los perros, cerrando el largo batallón con dirección a las aulas que quedaban al extremo opuesto de las cuadras. Exactamente a las ocho de la mañana sonaría el timbre que daría inicio a las clases. Sería lunes. Todavía el domingo la mayoría de los cadetes la pasaba muy bien. Todo el colegio era para ellos. «Ese primer sábado y ese primer domingo fue como una fiesta, todo era bueno, todo estaba normal, no pasaba nada. No había clases», recuerda el cadete Aurelio Landaure. Más allá del tedio al haber tenido que aprender los miles de detalles propios de la disciplina militar, el sábado había sido un día de mucha libertad y espontaneidad: hicieron ejercicios, corrieron alrededor del estadio, tuvieron que marchar unas horas bajo el sol, pero igual quedó bastante tiempo para conocer a los compañeros de sección. Los de la segunda supieron pronto que el cadete Vargas Llosa sería de los más tranquilos del grupo. Desde ese primer fin de semana de convivencia, el cadete Vargas Llosa destacó por pasar inadvertido. Mientras la mayoría formaba tempranas alianzas con los demás cadetes de la cuadra y se dispersaba en grupos, él observaba. Intercambiaba de cuando en cuando con los conocidos sus dudas sobre lo que sería el colegio. Pero nada más. Y es que el cadete Vargas Llosa era de los que no gastaban palabras cuando no había razón. Prefería estar alerta y guardarlas para los momentos en que tendría que defenderse. Pese a que se había vuelto una tradición el bautizo en la corta vida del Leoncio Prado, algunos cadetes ni siquiera sospechaban la existencia del ritual. Pero los que sí sabían se preparaban para huir o someterse. Sólo algunos, como el cadete Jorge Callirgos, durmieron la noche del domingo con la tranquilidad de quien sabe pelear. Bastaron dos días para que implícitamente se estableciera dentro de la sección quiénes dominarían y quiénes serían dominados. También en tercer año se fundaba tempranamente la jerarquía del más fuerte y del mejor peleador. Y cadetes como Callirgos, Porchille y Bolognesi supieron construir rápidamente su propia fama, desafiando y repartiendo algunos primeros golpes a sus compañeros. Vargas Llosa definitivamente no figuraba entre los más temidos, pero tampoco se dejó «ganar la moral». Comprendió pronto que en ese hábitat había que ladrar con vehemencia cuando fuera necesario. * * * |