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El lunes la diana sonó a las seis de la mañana. Había comenzado su reclusión. «La libertad fue oficialmente abolida», debió pensar Vargas Llosa semanas más tarde, cuando empezó a descubrir que «la aventura leonciopradina no iba a ser lo que [él], malogrado por las novelas, imaginaba»8. La excitación por el primer día de clases había hecho parecer cortísima la noche del domingo en la que varios cadetes de la primera sección no durmieron. Tal insomnio originó amistades tempranas que durarían, en muchos casos, para siempre. La diana repetía sin cesar las notas de una melodía cuya función era bloquear el sueño. La falta de costumbre hizo renegar a todo el pabellón, que demoraba en levantarse. El brigadier de la primera sección, Herbet Moebius, tuvo que apurar a sus compañeros de cuadra para salvar su propio pellejo: si él no los movía rápido, el teniente Olivera, que tenía esa sección a su cargo, le haría pagar con un castigo ese relajo. Exactamente frente a la cuadra —nominal de cuarto en la jerga militar— de la primera sección estaba la de la segunda. En ella dormía el cadete Vargas Llosa. En medio había un baño amplio de baldosas blancas y techo alto que debía ser compartido por los cerca de setenta cadetes que habitaban en total las dos cuadras. La proximidad territorial hizo que hoy algunos ex cadetes, como Guillermo López Mavila, de la segunda, se animen a decir «que a fin de cuentas [fueron] una sola sección». Eso también ha producido confusiones en la memoria de algunos compañeros de Vargas Llosa, quienes dicen que él siempre fue de la primera sección. Según esa versión, en tercer año, algunos cadetes de la primera sección que no cabían en la habitación dormían en la cuadra de la segunda sección porque allí sí sobraba espacio. El orden alfabético habría dispuesto que Vargas Llosa, de los últimos de la lista, fuera uno de ellos. Sin embargo, él recuerda con claridad que fue en tercer año que estuvo en la segunda sección. Recién en cuarto año pasó a la primera, la de los más altos. Una vez formados en el patio se desplazaron hasta el estadio, ubicado en uno de los extremos del colegio, a pocos metros de su pabellón. El cadete Vargas Llosa llevaba puesto un buzo celeste y unas zapatillas blancas de lona al igual que el resto de sus compañeros. Esa primera mañana comenzó con los ejercicios que desde entonces serían una ley inamovible. Luego de dar vueltas alrededor del campo de fútbol, de haber hecho series infinitas de planchas, flexiones, abdominales y demás, corrieron a las duchas heladas que los terminaron de despertar. El agua, que caía con violencia, los condenaba a dar aullidos para resistir el congelamiento de la mañana que solía ser neblinosa, incluso en esos días finales del verano. El mar, que mojaba los pies del acantilado sobre el cual se erguía el Leoncio Prado, acentuaba la humedad y la bruma que parecen velar eternamente la foto del litoral limeño. De nuevo en el patio, organizados y uniformados de verde para iniciar la jornada, los cadetes de tercero advirtieron por primera vez que ya no estaban solos. Ellos habían sido convocados por el Colegio Militar dos días antes con la intención de que se habituaran a la nueva vida que habían elegido para ellos sus familias. Ernesto Vargas Maldonado, padre del cadete Vargas Llosa, había tenido en mente la idea de mandarlo al Colegio Militar desde que lo conoció cuando éste tenía once años. A esa edad Vargas Llosa recién descubrió que su padre no estaba muerto, como le habían dicho siempre los Llosa para protegerlo de una posible decepción, y supo también que no lo querría como a un padre jamás. Nunca se llevaron bien. El desaire era mutuo. Ernesto Vargas Maldonado nunca estuvo dispuesto a ser un padre. Sólo aspiraba, como la mayoría de los progenitores de aquella época, a que su hijo no le saliera débil, inhibido o maricón. Y el Colegio Militar parecía garantizar la inmunidad contra aquellos presuntos males. Vargas Llosa ha escrito en sus memorias que él le advertía el inevitable ingreso al Leoncio Prado «cuando [lo] reñía y cuando se lamentaba que los Llosa [lo] hubieran criado como un niño engreído». Por eso, el nombre del colegio se escuchaba en su casa cada vez que el padre tronaba de cólera contra el futuro cadete. Al principio el Colegio Militar fue una pesadilla. Sin embargo, cuando Vargas Llosa estuvo más cercano a la edad que necesitaba para ingresar al Leoncio Prado, la idea no le disgustó tanto. Pensó que ser parte del mundo castrense podía ser una aventura divertida. Tal vez, imaginaba, que la aventura militar sería como las que él había conocido a través de sus lecturas tempranas. Durante el fin de semana, los perros habían vivido otro clima: nadie parecía reinar entonces, todos eran novatos, las reglas eran frágiles aún. El domingo por la noche habían llegado al colegio los de cuarto y los de quinto año. De inmediato el rumor de que los mayores ya se habían instalado en los pabellones vecinos inquietó a los perros. Pero fue recién el lunes que se notó la diferencia. Esa mañana, mientras el capitán del tercer año, Augusto Ríos Gamarra, daba algunas indicaciones a los nuevos cadetes, los tres tenientes a su cargo rondaban sigilosamente algunas filas de las once secciones que estaban formadas. En tanto, de los otros pabellones donde estaban todavía aislados los de cuarto y los de quinto, provenían los estruendosos golpes de botas que hacían «firmes» y que parecían tener como propósito impresionar a los nuevos. Pero no sería hasta después del almuerzo que tendrían un primer contacto cercano con los mayores. Todos los cadetes marcharon al desayuno. Las jerarquías aparecían entonces: adelante iban los de quinto año y al final los perros. Por fin, las tres promociones se vieron por primera vez las caras en la pista de desfile donde se solía congregar todo el alumnado y las autoridades cada vez que había festividades. Vista desde el cielo, la pista de desfile parece una línea horizontal trazada con precisión militar. Esta avenida solitaria conecta los dos extremos del colegio. Formados los cerca de mil cadetes, la población total del colegio, y divididos por lo menos en treinta secciones, los de quinto año se veían desde la distancia mucho más grandes. Entraron al extenso comedor con estricto orden, primero el quinto, luego el cuarto y al último el tercero. Se sentaron en grupos de diez, quedando al mando un cadete de quinto año que sería el jefe de mesa y el que adminis- traría, según su criterio, el desayuno. «Los panes y las presas más grandes eran siempre para él», recuerda el cadete Enrique Morey, uno de los compañeros más cercanos a Vargas Llosa. Luego de las tres horas de clase que tuvieron por la mañana volvieron al comedor marchando. Las primeras clases no habían pasado de ser una mera presentación de maestros y alumnos. Después del almuerzo empezaría la voceada ceremonia. Entonces, los patios y las cuadras se llenarían de cadetes mayores en busca de los menores, y los oficiales desaparecerían para no tener que sancionar los excesos propios del bautizo. * * * En el comedor un rumor se propagó con la velocidad con que lo hacen las malas noticias: los de cuarto año los iban a masacrar. Los cadetes de tercero se demoraron en salir, pero tuvieron que hacerlo. —Ahora tienes que correr, ¡ahí están los de cuarto! —dijo alguien que quiso prevenir al «Búho» Landaure, quien cincuenta años después sería presidente de la séptima promoción. El compañero de mesa que lo había alertado, había mirado por una de las grandes ventanas del comedor que daban a la pista de desfile y comprobado que los cadetes de cuarto |
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que salían de ese recinto los estaban esperando afuera. —¿De qué me voy a correr? —respondió el cadete Landaure a su compañero de la tercera sección. —Es que dicen que nos van a dar una paliza —dijo éste, esperando una reacción. —A ver, pues —desafió el cadete Landaure, como si ignorara las leyes básicas de la naturaleza. Salió del comedor y caminó con calma a su cuadra, como lo hicieron muchos incautos que creyeron que podían ser inmunes al bautizo. Más tarde sería golpeado y obligado a tender las camas de unos enanos de cuarto año que eran mayores y a quienes no se pudo rebelar. Pero la mayoría de los cadetes se quedó en el camino, afirma el escritor. «Al terminar el almuerzo, oficiales y suboficiales desaparecieron, y los de cuarto se lanzaron sobre nosotros como cuervos». El cadete Vargas Llosa fue uno de los que no llegó a su cuadra. Lo capturaron y fue llevado de inmediato al lado de otro perro a una cuadra de cuarto año. Mientras él era sometido a un concurso de «ángulos rectos», otros compañeros que habían ido a parar a las cuadras vecinas en el mismo pabellón de cuarto, eran obligados con insultos a sacar lustre a los botines de toda la sección. El escritor recuerda: «Doblados en dos, alternadamente, teníamos que patearnos el trasero; el que pateaba más despacio era pateado por los bautizadores, con furia. Después nos hicieron abrirnos la bragueta y sacarnos el sexo para masturbarnos: el que terminaba primero se iría y el otro se quedaría a tender las camas de sus verdugos. Pero, por más que tratábamos, el miedo nos impedía la erección, y, al final, aburridos de nuestra incompetencia, nos llevaron al campo de fútbol». Cuando Vargas Llosa y sus captores llegaron allí, otros cadetes ya estaban siendo ajusticiados. El amplio campo de fútbol fue el escenario donde varias «masacres» se realizaban en simultáneo. La dificultad y el grado de malicia de las proezas dependía del ánimo de los captores. A algunos les tocaban cosas inofensivas pero ridículas, como dar vueltas alrededor de una moneda infinitas veces hasta perder el equilibrio, o bailar y cantar como mujer parado sobre los roperos. A otros les hacían tender camas de toda una sección, y había también quienes eran obligados a ejecutar secuencias interminables de ejercicios. Incluso, hubo unos cuantos que fueron arrastrados a los baños, sometidos a oler desde muy cerca los hediondos urinarios. Pero siempre eran muy pocos los que se salvaban de un manotazo o un puñete abusivo. También los hacían saltar como arqueros o nadar todo el largo de la cancha de fútbol como si fuera una piscina. Eso fue lo que tuvo que hacer Vargas Llosa para que esos cadetes lo dejaran irse. Pero eso no fue todo. Más tarde otros cadetes de cuarto persistirían con la ceremonia. «Bueno, me bautizaron muchas veces y muchas personas», recuerda el escritor. Dos cadetes de cuarto año lo cogieron otra vez para hacerlo concursar. Lo llevaron a su cuadra y allí lo hicieron que se parara bien derecho antes de empezar a tirarle de puñetazos en los brazos. Un cadete por cada lado. Entonces, uno de ellos preguntó quién había pegado más fuerte. El bautizo, según la memoria del escritor, «fue una cosa muy larga, supongo que con algunas interrupciones para ir a los ranchos, pero fue todo el día y toda la noche, porque en la noche se metían a las cuadras y lo sacaban a uno y se lo llevaban». Es cierto. Luego del almuerzo sólo se hizo un alto a las siete de la tarde, para ir a cenar. Ese día no hubo ninguna otra actividad académica, por lo que estuvieron de licencia. El nivel más extremo al que se llegó en esa ceremonia, no ocurrió precisamente como consecuencia de la violencia que se pudo desatar. Fueron más bien los efectos inesperados que ésta puede suponer los que produjeron un incidente trágico al día siguiente. Un grupo de bautizadores como los que pululaban libres por todo el colegio ese día, había entrado a la cuadra de la segunda sección del tercer año en busca de víctimas. Los perros, al ver a los de cuarto año, tuvieron que cuadrarse y esperar las órdenes de sus superiores. Todos se sometieron a los ridículos actos artísticos que proponían los de cuarto, salvo un cadete, a quien le había tocado bailar como hawaiana encima de uno de los roperos. Ese cadete era Luis Valderrama. Sus compañeros no podían creer que se estuviera sublevando. Les había levantado la voz e incluso llegó a retribuir el empujón de uno de sus mayores. «No estaba de acuerdo con su prepotencia», me advierte el cadete Valderrama con firmeza. Los cadetes de cuarto año, desconcertados, sólo atinaron a amenazarlo con volver y se fueron. Cumplieron su palabra. Al día siguiente regresaron con refuerzos. Luis Valderrama y José de la Riva descansaban en su cuadra luego del almuerzo, desde ahí fueron sacados y conducidos al baño adyacente, por los mismos tres cadetes de cuarto del día anterior y dos más de quinto año que se habían sumado al grupo. Les dieron a escoger. Ángulos rectos con la cabeza muy cerca a la pared como para que ésta rebote allí, o subir y bajar cien veces una escalera larga que estaba apoyada en la pared del baño. Valderrama prefirió la escalera. La consigna incluía además tocar el techo al subir, y el suelo al bajar. Cuando el perro Valderrama tocó el techo por primera vez, la escalera se vino abajo. Vargas Llosa cree que los bautizadores «se la movieron para hacerlo resbalar». Sin embargo, ni el propio Valderrama está seguro de eso. Él, en un exceso de ingenuidad, cree que pudo desplomarse por el balance de su propio cuerpo al tocar el techo. Lo cierto es que al caer, la escalera partió uno de los lavatorios del baño, dejándolo convertido en una cuchilla que le rebanó las yemas de dos dedos de su mano izquierda al caer sobre éste. Cuando se levantó, todos se habían esfumado. El cadete aún desconcertado cogió su mano ensangrentada sin intuir el daño y se fue a la enfermería solo. Sentado en la sala de su casa escuché a Luis Valderrama relatarme con detalle ese episodio del cual conserva todavía frescas las imágenes. Me contó que pasó muchas horas confusas en la enfermería, que sintió el dolor más fuerte de su vida cuando el médico le quitó la gasa provisional que le había puesto la enfermera, y que por eso se desmayó. Me mostró también su mano accidentada en la que las marcas son aún evidentes, y entendí entonces por qué nunca se había preocupado por mantener vínculos con su colegio desde que egresó. A las pocas horas, su padre se enteró de lo ocurrido por una llamada del médico que lo había curado. El coronel Marcial Romero Pardo, director del Leoncio Prado, temió represalias contra el colegio porque el padre de Valderrama era diputado. Pero ni él ni su hijo quisieron líos. El cadete Valderrama recuerda que sí pudo reconocer a los responsables, pero prefirió no perjudicarlos. Es hasta hoy un tipo muy pacífico y tolerante. Valderrama nunca delató a los culpables y por eso se ganó un respeto enorme entre los cadetes. Ésa era una regla de oro que se aprendía pronto: quien delataba moría. Pero después de ese accidente sí cambió algo: las autoridades del colegio decidieron organizar desde entonces un bautizo «oficial». Al año siguiente el bautizo fue una gincana, de la que han quedado fotos en las que Vargas Llosa aparece participando como animado jinete en una carrera de burros. Todas las autoridades estuvieron en las tribunas y los cadetes vistieron el uniforme de salida, tal como lo hacían para los eventos más importantes de la vida castrense. A pesar de todo, siempre hubo lugar para los puñetes y patadas que marcaban la bienvenida al Colegio Militar Leoncio Prado.
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