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Jordi Buch Oliver nació en Mataró (Barcelona - España) en el año 1957. Actualmente reside en Mataró. Ha publicado cuentos en los Estados Unidos, Israel, Italia y Argentina. A los 13 años estudió en el Liceo barcelonés las carreras de guitarra y piano y con 28 años escribió su primera novela: Carla Tucci, con la que quedó finalista en Madrid. Desde entonces se dedicó al periodismo trabajando en la radio: Cadena 13, y también en la prensa escrita: Correo Catalán y Avui. Tras veinte años de dejar la literatura para dedicarse a la música, ha vuelto a escribir y desde el 2003 ha ganado varios premios: Víctor Mora, Emili Teixidor y Joan Arús de novela, entre otros. en Madrid, Cerdeña y Argentina. Como escritor, ha tratado todos los géneros de la prosa, desde la narración breve hasta la novela: Per les vores de dues pells, y A trenc d’alba. Amante del mediterráneo, del humor y del erotismo, sus obras tienen un lenguaje llano y desenfadado |
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CUANDO EL AYER SEA MAÑANA
© 02-2004-31
Un día cualquiera, uno de esos días que se levantó con el tormento de la nostalgia en sus venas, como si ese tiempo plomizo y frío del otoño le hubiera cargado a sus espaldas veinte o treinta años de más, se le antojó hojear un viejo álbum lleno de recuerdos, de olores rancios, y de fotografías amarillentas de sus primeros años de escuela. Se detuvo ante una fotografía, una cualquiera, de un día cualquiera, en la que estaba con sus compañeros de clase. La miró detenidamente. Apenas conseguía acordarse de como era su cara veinte años atrás... ... No era fácil recuperar del olvido aquellas imágenes... Habían pasado ya tantos años que no todos sus recuerdos habían logrado sobrevivir. A los cinco años, sus recuerdos, se perdían en la elasticidad del tiempo y en la opacidad del olvido. A esa edad, eso sí lo recordaba, sus padres lo sacaron de un internado femenino de monjas francesas e ingresó en una orden marista. El colegio, su nuevo colegio de curas, por aquella época, ya era un edificio del siglo pasado, decadente, rodeado de grandes extensiones de tierra, delicados jardines del edén, y faunos impúdicos mostrando su desnudez a la sombra de enormes murallas pétreas y casi de dimensiones bíblicas. ... Viendo aquellas fotografías iba retrocediendo en el tiempo diluyendo las imágenes con sus recuerdos perdidos en la trastienda de su mente. El presente se le hacía pasado, y, el pasado, lo atrapaba robándole el presente, lo que, para entonces, sin darse cuenta, ya era su futuro. Había traspasado el umbral del espacio-tiempo y su romántica locura lo sumergía en ese olvidadizo y borrascoso mar del pasado donde se mecían sus recuerdos como débiles barquillos de papel. ... Las tres de la tarde, la señal de la cruz, y veinticinco pequeñas voces, orquestadas por el padre Raimundo, recitaban el Ave María. El eco de sus rezos, se perdía en la inmensidad de los pasillos de deslustrados mosaicos de jade y desgastadas losas de mármol. Mil voces más, escapando a hurtadillas de sus pecados, susurraban otros rezos y oraciones... Por nuestros hermanos de Madagascar, Africa y Asia ¾rezaba el cura¾ y, alguien, al precio de dos monedas de diez céntimos, que echaba al indio de porcelana que recogía las limosnas para las misiones, compraba el perdón de sus pecados..., sus pecados, bien valían dos monedas..., esas dos monedas que su madre le daba para comprarse dos varitas de regaliz. ... Y el tiempo hacia clic, clac..., y, uno a uno, iban avanzando los segundos en las manecillas del gran reloj..., clic, clac..., una a una, iban pasando las cuentas del rosario por los dedos de Don Raimundo. Clic, clac..., la vida transcurría con divina paciencia, sin prisas, siguiendo los pasos perdidos de un tiempo adormecido en los silencios de las tardes otoñales... Y la vida pasaba, como un suspiro, y el viento susurraba entre los arbustos deshojándolos como castillos de naipes. Junto al estanque de peces de colores, alguien recitaba unos versos de San Juan de la Cruz..., y el otoño languidecía, pausadamente, dejando, a sus pies, y a los pies del pequeño fauno, su infatigable compañero de lecturas, una alfombra rojiza de hojas resecas..., y poca cosa más... Mañana, tal vez pasado, el viento borraría su recuerdo... Y llegaría el invierno, y después la primavera , y, por fin, el verano..., un verano que, como siempre, pasaba como un suspiro. Con el agridulce sabor de la nostalgia en los labios, al doblar la última hoja del álbum de fotografías, se encontró en 1968, cuando, a sus once años, cursó su primero de bachiller..., los pequeños diablos del primero de bachiller ¾así se hacían llamar¾. Y ahí estaba él: un pequeño diablo subido al encerado de madera, a los pies de un Cristo crucificado, y traduciendo en voz alta del libro de lecturas unos versos en latín... ...Cesar, mandó a sus legiones al puerto de..., de una Hostia... ¾rectificó¾ : Cesar, mandó a sus legiones al puerto de Hostia... ...Y esos versos, que traducía como podía, y con más desatino que fortuna, pasaban por su mente como sus recuerdos, que, con la distancia de los años, también interpretaba como podía... Se había olvidado del latín, pero, de las imágenes de su niñez, de sus años de escuela, no se había olvidado: danzaban en la trastienda de sus sueños y pasaban ante sus ojos como si fueran caballitos de cartón dando vueltas en un tiovivo... ... Una moneda por subirse ¾pregonaba un feriante, un trotamundos, hacedor de sueños al precio de una moneda¾... Y él, con los labios llenos de algodón azucarado, le pedía a su padre una moneda para emprender el viaje..., un viaje mágico, sin duda... Y el tiovivo danzaba, girando y girando, y a cada vuelta se encontraba con un instante de su vida, como hojeando el viejo álbum de fotografías... Y el tiovivo seguía danzando, girando y girando, acelerando cada vez más y avanzando sobre sí mismo. Todo a su alrededor se movía muy rápido, como la vida misma, que no se detiene, no antes de que se agote el crédito de nuestra moneda... Quien tuviera, entonces, otra moneda..., quien tuviera, otra vez, los labios dulzones de algodón azucarado... ...Sus sueños se desvanecían..., y se llevaba los dedos a la boca intentando recuperar aquél sabor de su niñez mientras cerraba el viejo álbum de fotografías y cruzaba, de nuevo, el umbral espacio-tiempo donde encontró la magia de danzar entre el presente y el pasado..., aunque, ahora, al volver del pasado al presente, descubría, con tristeza, que ya no habría más monedas para ningún otro viaje..., ni otro tiovivo..., ni feriante hacedor de sueños..., ni nubes de algodón azucarado... * * * |