María Rebeca Castellanos nació en Santo Domingo en 1965.  Reside en Austin, Texas, donde realiza estudios de postgrado en literatura. Su novela Sueños de Nebuhla (2005) es su segundo libro. Ha publicado también poesía. Estos son los primeros capítulos de su novela.

.Sueños de Nebuhla

 

I

 

      Tenía cinco días trabajando, y pensó descansar. Esa mañana, arrellanada en un árbol, observó el despertar de su obra.

Verde despertó el monstruo en que dormía, reverberando. Un carbunclo celestial comenzó a calentar el aire húmedo de la madrugada.

Dejó que los insectos se le metiesen en el pelo.  Una serpiente tibia se desperezaba a sus pies. Debía reanudar su labor pero se distrajo entre la desidia que la poseía, y la aventura de ser testigo de la primera muerte. La serpiente, tras larga espera, atrapó un dulcísimo pajarito que antes se había alimentado de unos coleópteros que brillaban en las manos indolentes. Después, la serpiente tuvo que huir de un águila blanca que terminó decidiéndose por un reptil pequeño. El lagarto había estado descansando discretamente en el ombligo omnipotente. Su obra despertaba, y vio que era buena.

El astro alcanzó el cenit y el calor le espantó el placer de su reposo. Entonces abrió bien el ojo y estiró el apéndice creador.

Paseó por valles, repasó montañas. Caminó de norte a sur, de este a oeste. Observó, meditó, decidió.

“Hagamos un nuevo ser”. Entonces se sentó a parir en las aguas del Tigris. Al instante oyó los gritos de una criatura que se ahogaba y, cogiéndola de los cabellos, la llevó a una llanura que todavía no era Babilonia. La criatura, un poco confundida, mostró, y avanzó, señalando con un adminículo abdominal. Pensó entonces compartir la labor con su vástago, y le presentó su obra, para que él la nombrara.

La criatura, al descubrir el mundo, iteró un sonido posesivo. Cubría un objeto con su mirada, y una vez atrapado, se apoderaba de él con un nombre. Hasta la gran pupila amorosa le pertenecía. ¡Y cómo se divirtió la deidad escuchando esos primeros balbuceos! Pero el vástago no le daba reposo. En medio de su megalómano delirio, después de que hubo aplicado las sílabas que diferenciarían a las criaturas, quiso pincharlas a todas con su palito ventral. Muchas veces tuvo que ser salvado de una deglución segura por intervención divina. Procedió entonces un intento de diálogo que nunca progresó, porque la criatura vivía fascinada por su alargado adminículo. 

Casi las cinco de la tarde del sexto día, la deidad se hartó. “Hagamos otro ser a nuestra imagen y semejanza”, y se sentó a parir en el Mediterráneo.  Al instante salió una nueva criatura nadando resueltamente a la orilla. La tomó en sus brazos y exclamó: “¡Tú sí que eres carne de mi carne y hueso de mis huesos!”. Y la llamó Nebuhla. 

Entonces bajó el dedo, y proclamó: “Mi obra está terminada”.

Y vio que era buena.


 

 

II

 

Pienso en Nebuhla. Pienso en sus ojillos traviesos, a veces misteriosos.

Tenía un rostro de esfinge, algo del misterioso silencio de las estatuas; y un aire etéreo, como de delicada mariposa azul.

Una delicada y rara mariposa azul y amarilla.

Yo acudía al templo las tardes en que ella presidía los ritos. Sentía que mi vocación se despertaba al influjo de sus palabras, cuando la médium llenaba el ámbito de entidades indefinibles, que provocaban a grandeza.

Sentía timidez cerca de ella, porque yo aún no estaba iniciada y ella hacía años que era gran sacerdotisa.

En el nombre de la divinidad cuya mirada quema, y que se viste de rojo y amarillo, declaro que la maga me ha convertido finalmente, y delante de las entidades que ella conoce declaro mi intención de seguir sus pasos y de hacer adeptos.


 

 

 

 

 

 

III

 

Porque tú eres caprichosa

y sólo te aproximas

cuando me ciegan la sangre y los recuerdos

 

y sólo vienes a examinar los estigmas

porque bien en la plaza pagarán

por meter el dedo donde estuvo la lanza

en estas llagas  

 

Oh vanidosa

diosa maldita que afeitas

con estética satisfacción obscena

las costras nacaradas de mis ojos

 

y preparas un túmulo coronado con trémulas

      lascas de mi carne

 

Oh traidora

que ofreces tus dudas como un seno suculento

he aquí tu tributo


 

 

 

 

 

 

IV

 

Ni una respuesta ni una verdad

 

¿Y si no vinieras

si me quedara esperando el cálido beso

engañosa promesa de eternidad?

 

¿Y si es que te has ido para siempre

y el consuelo de tu belleza nunca más?

 

Me quedaría apuntalando obsesivamente el

dintel

aunque no haya gestas

aunque estemos condenados a desamarnos

como estamos condenados a morir

aunque fueras la luz del rayo

que nos fulminará

aunque sólo existas

en la iteración breve de una vocal inesperada

 

A pesar de todo

la que podría habitar en este templo

(en esta carne)

te agradece


 

 

 

 

 

V

 

Porque necesito tocar tus muchas frentes

poseer el cuerpo y lo otro que respira

 

golpear hasta que la deidad se asome a los ojos

hasta que pronuncie la sílaba favorable

 

El humo apunta alto para que el momento llegue

la bestia auspiciosa en medio del sendero

de plantar la enseña con celosa crueldad en

la frente del otro

tornar a ti los muertos ojos los laxos miembros

dividir las entrañas preparar la leña

 

Ya se sabe

               empezar de nuevo