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Juan Cueto Roig es poeta, narrador y traductor. Nació en Caibarién, Cuba. Reside en Miami, tras haber vivido en Madrid, París, New York, Chicago y California. En poesía ha publicado En la tarde, tarde (1996) y Palabras en fila, en clase y en recreo (2000). En narrativa Ex-Cuetos (2002), y Hallarás lobregueces (2004). Recientemente tradujo poemas de E. E. Cummings que publicó bajo el título de En época de lilas (2005). Hemos escogido para este número tres de los relatos de Hallarás lobregueces |
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FELIZ CUMPLEAÑOS
La cosas habían cambiado mucho. Ya no se celebraban los quince. Ahora la gran fiesta era el cincuentenario. Los reglamentos de la nueva ley se cumplían con un rigor litúrgico. Debido a que algunas personas no podían precisar la hora exacta de su nacimiento, se había estipulado las tres en punto de la tarde para que terminara el minucioso ritual del gran cumpleaños. Entonces sería la culminación de los festejos, los cuales, según los recursos económicos de los participantes, variaban de un simple brindis privado, a un máximo de tres días de ininterrumpidas celebraciones. En los últimos lustros las ciencias habían avanzado de una forma increíble. Muchas enfermedades eran prácticamente desconocidas por las nuevas generaciones. La lozanía de la juventud se había prolongado y la vejez existía sólo en los pueblos del tercer mundo. Fotografías de ancianos eran motivo de curiosidad en los textos ilustrados de la nueva asignatura "Senectud", donde se estudiaba cómo, después de cierta edad, los tejidos perdían su firmeza, las arrugas se multiplicaban, la próstata se agrandaba, la libido decrecía, el útero se atrofiaba, aparecían ominosas excrecencias en la piel, la probabilidad de contraer cáncer aumentaba, y hasta en las uñas se producían cambios degenerativos. En los países civilizados la gente se asombraba de que alguna vez los seres humanos hubieran sido víctimas pasivas de tales estragos. Por eso cayó en desuso la celebración de los quince. Ya no había por qué conmemorar esa edad como algo extraordinario. Una despreocupada juventud era lo normal en una persona que nunca envejecería. Por supuesto, seguía ocurriendo lo inevitable: enfermedades fulminantes, accidentes, epidemias, desastres naturales. Pero la ignominia de la vejez había sido proscrita y el macabro culto a la muerte que perduró por tantos siglos fue finalmente abolido. Se descontinuó la fabricación de sarcófagos, urnas y objetos funerarios, así como la parcelación de nuevos cementerios. Las repercuciones sociales y económicas del nuevo orden de cosas fueron inmensas. Con la sana y joven población, disminuyó el número de médicos y de hospitales necesarios para atenderla. El ahorro en los gastos ocasionados por las antiguas dolencias geriátricas redundó en un mejor estándar de vida en los países civilizados; y aunque al principio se habían debatido las posibles consecuencias demográficas, lo cierto fue que con el tiempo, las campañas para el control de la natalidad quedaron relegadas a un segundo plano. En tal ambiente de prosperidad y bienestar, proliferaron los establecimientos oficiales llamados "Cincuentenario": locales lujosamente habilitados, donde se celebraba el cumpleaños de los que llegaban al medio siglo de vida. Los jóvenes eran los que participaban con mayor anuencia en estas ceremonias, pues desde la infancia habían sido educados en las nuevas ideas. Sabían que nunca tendrían que afrontar los agravios de la decrepitud. Ni ellos ni sus progenitores. Brindaban por la juventud y la vida en un festín que concluía exactamente a las tres de la tarde del quincuagésimo aniversario del nacimiento del festejado. Alguna que otra vez, terminada la fiesta, la esposa del cincuentón derramaba una lágrima, una sola, porque enseguida recordaba que muy pronto también ella sería la festejada. Luego, familiares y amigos abandonaban el edificio. Sólo permanecía en el lugar el que había cumplido ese día cincuenta años de edad. Y, por supuesto, los médicos, enfermeros y demás empleados del establecimiento. Poco después, de la chimenea del "Cincuentenario" una breve columna de humo ascendía en el azul de la tarde.
LOS ARDIDES DEL TIEMPO
Mauricio Fábregas no vivió los 77.1 años que le correspondían, según las estadísticas oficiales del promedio de vida humana para un hombre blanco de su edad. Ni los 70 que promete el salmo bíblico 90:10. Mauricio ni siquiera logró vivir los 3 meses que le habían pronosticado los médicos. Su error fue querer disfrutar a plenitud el tiempo que la enfermedad demoraría en matarlo. Siempre había soñado con visitar Guatemala, especialmente una ciudad de la cual había oído hablar maravillas. Y allá fue, poco después de su última estadía en el hospital. Mauricio Fábregas murió minutos antes de llegar al lugar de sus sueños. Su cuerpo fue lanzado al vacío cuando el autobús en que viajaba chocó con un árbol. Allí en un barranco se desangró tiñendo de rojo la roca que le había quebrado el cráneo. Mauricio Fábregas murió a los 40 años, 2 meses y 21 días de su nacimiento. Su sangre lo sobreviría por un tiempo. El tiempo que tardó en llegar el próximo aguacero a Quetzaltenango.
CAPITONÉPalpando el capitoné comprendió que lo habían sepultado. |