La verdadera diferencia entre los perros y los gatos

 

A la tía Amelia le gustaban los gatos.  Le gustaba mirarlos, acariciarlos y de vez en cuando adoptaba a alguno que seducía con escudillas de leche que dejaba a la sombra en la escalera de la cocina.  Mi tía Amalia había sido una niña remilgosa, y ahora era una mujer apacible y sincera, amante de la música, poetisa infraganti, muy querida de todos sus sobrinos.   Mi madre la castigaba de palabra cuando venía a quedarse con nosotros, por su desaliño, su falta de artificio y su despreocupación por el qué dirán, pero ella no le hacía caso. 

--Amelia, cielo, te voy a llevar de compras para que busques algo con color, corazón, porque esas batas de florecitas...--  Mamá insinuaba que el algodón blanco de tía Amelia no atraería jamás al robusto caballero que todos le deseábamos.

--Amelia, querida, antes de que me muera quiero verte casada-- suspiraba la abuela que de moribunda no tenía nada.  Era justo lo opuesto de su hija etérea; sólida, de piel morena, voz fuerte y grandes carcajadas.

Así las cosas, no  hubo cómo evitar que toda la familia se enterara que Carlos Montes Trilla, profesor de filología y crítico de arte, había venido ya dos veces a visitarla.  --Es un excelente partido, sobre todo para ti que eres tan intelectual-- Mamá aplaudía. 

--Tiene muchísimo dinero-- añadía la abuela, mirando el cielo raso como si allí calculara el costo de la vida que podría pagarle Carlos Montes a la tía.  Nosotros los chiquitos, que veíamos el interior de todas las cosas y la verdad pura del universo, manteníamos un silencio vacilante y preocupado.

Pasó el tiempo y llegó la Cuaresma.  La casa se recogió en espera de la Semana Santa.  Mis tíos hacía meses que practicaban con sus cofrades cómo llevar los pasos sin que se le cayera a la Virgen ningún pendiente.  Mis tías habían comprado todos los materiales para mandar a coser las ropas; las suyas, las nuestras, un traje para las celebraciones del Viernes Santo, otro para el Sábado de Gloria y el tremendísimo para el Domingo de Pascua. 

--¿Y tú, querida?-- le preguntó mi madre a su hermana Amelia. --Éste es el momento de la verdad, Amalita, vida mía.-- 

--No sé por qué-- reprendió Amelia, demostrando por fin algo de la energía y firmeza que nosotros los niños le conocíamos.

--¿Pero qué dices?  Todo el mundo sabe que Carlos Montes lleva meses pastoréandote.  Y tú con esa cara de oveja mansa...--  Esta vez la abuela se interpuso, --¡Consuelo!

-- Pero no, Mamá, que tiene que darse cuenta.  Con esa cara de pan de agua y cuerpo de escoba, si no hace algo por la patria, se le va también éste y se queda jamona.

--Buey solo bien se lame-- dijo la abuela.  --Además ¿quién ha dicho que toda mujer tiene que buscar hombre...?

--A, y tú eres el mejor ejemplo, ¿verdad?  Madre de siete hijos.

Todo esto transcurría en el balcón de la casa, mientras la tía Amalia mecía la hamaca donde mi hermana Mariana se chupaba el pulgar y cerraba los ojos de vez en cuando.  Más parecía interesarle el abrir y cerrar de los ojos de Mariana que la conversación que sostenían su madre y su hermana sobre el futuro.  Mientras tanto, los chiquitos que jugábamos con Taberna, la perra labrador de mi hermano Tito, lo oíamos todo y mostrábamos nuestro desagrado y complicidad con la tía en estoico silencio, en apariencia ocupados en lograr la unión pacífica o por lo menos la tregua, entre Taberna y Rita, la gatita nueva que Amalia había traído de visita.

--Y ahora, con esa gata.  ¡Por Dios!  para acabar de completar el cuadro.--  Mi madre miraba a su hermana de arriba a abajo; la piel blanca como las tazas de té que usaba la abuela para las visitas, los ojos aceitunados, el cuello demasiado largo, las jaboneras de sus clavículas, el pelo ensortijado y recogido en un moño que siempre se desarreglaba y caía en cascadas de miel para gran alegría de todos los sobrinos. 

--Tía, suéltate el pelo-- las niñas adoraban a la tía Amalia, porque las dejaba hacerle trenzas y ponerle cintas de colores.  La gata aprovechaba que la tía se acostara en el piso del corredor en las tardes de calor, para enredársele en el pelo y juguetear con sus rizos hasta que ella alargaba sus brazos de bailarina sobre su cabeza y la arrancaba de allí.  --Gatita loca.

Había rescatado a la gata amarilla de un basurero donde la dejara su propia madre por débil y enfermiza.  Cuando la trajo a nuestra casa esa primavera la había llevado al veterinario no sé cuántas veces.  Le había comprado paquetes de medicinas en la botica donde nos conseguían a nosotros los jarabes y a mi madre sus pildoritas.  Cada cuatro horas envolvía a Rita en una toalla para que no la arañara, y le ponía gotas en los ojos y en las orejas; la obligaba a tomarse su medicina, y poco a poco la había convertido en un animal retozón y curioso que se metía en todo, se escondía debajo de la mesa y nos atacaba los pies durante el desayuno.  Se entretenía con las cintas que cerraban las cortinas, con las toallas que colgaban de los gabinetes; mascaba los cabetes de nuestros zapatos, tiraba de todo lo que colgara, susurrara o se moviera, y le brincaba encima a todo lo que cayera por accidente al piso, pedazos de pan, lápices, papeles...  Taberna la seguía de lejos, sin rabia ni alegría, pero no le perdía ni pie ni pisada.

Llegó el Viernes Santo y con él el anuncio de que Carlos Montes Trilla pedía permiso para pasar a vernos, bueno, a ti no, gusano, a la tía Amalia, el Domingo de Pascua.  --Mira Amalia, ahora sí que tienes que hacer un esfuerzo--  le oí decir a mi madre con el tono de voz que usaba para limitar las horas de recreo.  --Déjame ver-- y la puso de frente al espejo en el gran salón, debajo del candelabro. 

La tía Amalia se paró derecha.  Llevaba sandalias sin tacón, con los indefensos dedos blancos apiñaditos entre las correas, como quíntuples recién nacidos en un moisés muy estrecho.  Una falda que le llegaba a los tobillos trataba en vano de esconder la realidad de sus caderas suaves y simétricas, ni muy grandes ni muy chicas.  La blusa sin cuello descubría lo que para mi madre era el mayor defecto; mi tía Amalia era plana como una tabla, de frente filo y de filo nada. 

--Ay, nena.  Algo tenemos que hacer.--

--¿Con qué?--

--Pero Amalia, ¿no ves?-- y mi madre le tomó los senos que entonces aparecieron a través de la tela de su blusa como dos limoncitos de los que la abuela usaba para sazonar el pescado los viernes. 

--¿Qué tiene?--  Verdad, pensamos nosotros, los chiquitos.  Pero Tito y Josefa, que ya eran mayores, se rieron un poco y por lo bajo, provocando de todos los demás una mirada acusadora y solidaria.

--¿Cómo que 'qué tiene'?  Si pareces un hombre.  Chacón el de la fragua tiene más pecho que tú.--

--Bueno, pues oye, yo soy así ¿verdad?--  pero la tía se miraba de un lado y del otro y sus cejas se elevaron un poco, como quien dice, esto no lo había visto antes. 

--Mira Amalia, déjame intentar algo ¿sabes?  A lo mejor logramos...--  mi madre se contuvo al ver que la tía Amalia fruncía el seño.  --Quiero decir, si tú quieres podemos probar algo, no porque te haga falta, si no por ver...  por cambiar.--  y se quedó esperando que la tía Amalia se opusiera, pero ella no lo hizo.

Así fue que mi madre salió de tiendas y regresó con una cajita que no pudimos ver los más chicos.  Tito y Josefa nos contaron con lujo de detalles lo indefinible:  la tía Consuelo le había comprado un par de tetas de goma a la tía Amalia.

--¡De goma!  ¡Qué asco!

--No puede ser.  De goma no serán.

--No, Tito, son de tela, pero tienen algo por dentro.

--¿Y tú qué sabes?  ¿Las has tocado a caso?

--Por lo menos las vi, que tú ni eso...—  Entró la abuela y todos la miramos como si nos hubiera sorprendido otra vez robándonos las pesetas de la leche.  Ella se quedó observándonos largo rato uno a uno.  –Estamos en Cuaresma—dijo cuando terminó su estudio y nosotros, que no entendíamos muy bien a la abuela aún cuando nos explicaba los regaños, nos retiramos a jugar al jardín con Taberna y Rita, sintiéndonos culpables por innominables pecados de omisión, comisión e imaginación. 

Llegó el Domingo de Pascuas.  Desde muy temprano las campanas de todas las iglesias sonaban alegres con voces diferentes y ritmos andarinos.  Taberna se entretuvo aullando hasta que Tito la sacó a pasear para que viera de dónde venía el ruido.  Con el ir y venir tremprano de la casa, Rita estaba intolerable: emboscándonos por las esquinas, saltando desde la alfombra a los asientos y de allí a las mesas.  Los niños desayunamos muy poco cuando los mayores tomaron el café de la mañana, y dejamos de protestar con la promesa de que, después de misa, habría almuerzo con pan dulce, pastelillos, quesos, frutas, tartas.  –Va a haber visita—nos recordó en un susurro Josefa –viene Carlos Montes Trilla, ¿se acuerdan?

La misa fue un suplicio.  Duró demasiado.  Nos tocó sentarnos entre la abuela y una señora que olía a las bolitas que ponía Carmela en el desván.  No nos podíamos quedar dormidos, ni hablar, ni reirnos, porque mamá nos miraba.  Mi estómago hacía ruido y Tito se reía por lo bajo.  Mariana se echó a llorar y papá tuvo que sacarla al coro.  Por un momento pensé que si yo también me echaba a llorar, me sacarían también a mí, pero después se me ocurrió que yo ya estaba grande para esas cosas, que probablemente mamá no me sacaría al coro, sino que me miraría con aquella cara que decía, espera que lleguemos a casa.

Pero todas las grandes penas pasan y se olvidan; sólo lo que es feliz y alegre permanece.  

--Ite.  Misa est.--  Las campanas sonaron, se oyó la poderosa voz del órgano y los feligreses corrieron a recoger sus sombreros, carteras, bastones, sus niños.  --¡A casa!

--Tito, Josefa, Mariana, Ricardo--  la abuela nos llamaba.  –Pórtense bien...—y no hubo más, porque en eso sonó el timbre de la puerta.   Carmela fue a abrir.

--El señor Montes Trilla—dijo y miró a la abuela.  La sala estaba llena de gente.  Además de todos los chicos, papá guardaba los misales en el librero, Taberna lo seguía segura de que se había metido un pedazo de pan en el bolsillo como solía hacer, para dárselo luego; mamá entraba con una bandeja, los padres de Tito y Josefa se despojaban de gaván, cartera y mantilla; los vecinos que se nos habían unido buscaban dónde sentarse para que mamá sirviera el jerez que traía frío en la bandeja con las copas.  La tía Amalia entró entonces por la puerta directamente en frente de la puerta principal, por donde había acabado de entrar Montes Trilla.  Quedaron frente a frente como a veinte pasos el uno del otro. 

--Señorita Amalia, felices Pascuas— dijo él y extendió hacia ella su mano.

--Señor Montes—tía Amalia estaba espléndida.  Él se le quedó mirando como embobado mientras el color le iba invadiendo el rostro y los ojos se le hacían cada vez más grandes y la sonrisa cada vez más desencajada.

Mi tía Amalia tiene un andar sosegado y elegante, como si debajo de los pies tuviera cientos de rueditas o un engranaje bien aceitado.  Se inclinó un poco para dar el primer paso y una almohadilla rosada cayó a sus pies.  Una sombra amarilla, borrosa como un destello fugaz pasó entre sus sandalias blancas.  Como un relámpago, Rita se abalanzaba sobre la teta falsa.  La tomó entre sus patitas y la lanzó al aire como una pelota.  La almohadilla rosada se elevó por los aires en un gran arco y cayó al piso en el mismísimo medio de la concurrencia.  Rita corrió hacia ella, se detuvo a un paso y se encogió como un acordeón pequeño, arqueándose sobre sus patas traseras.   Entonces, dio un salo mortal y recogió la almohadilla, cerró los ojos y, gruñendo de alegría, se la llevó a la boca. 

Y ahí ya no pudo más.  Débil de placer, se tiró al suelo, abrazando la almohadilla entre las cuatro patas mientras mordía delirante el satén rosado.   Se separó de su juguete recién hallado, pero sólo para ponerlo en el suelo y empezar a batearlo como un boxeador entrenándose para una pelea de campeonato.  Izquierda, derecha, izquierda...  Todos la mirábamos fascinados; nadie jamás la hubiera creído capaz de tan inmensa alegría.  En la esquina, Taberna dejó de seguir a mi padre y notó por fin lo que Rita hacía.

Tito vio a la perra y adivinó a lo que iba, se avalanzó sobre ella y en ese momento se oyeron las grandes carcajadas de la abuela.  El señor Montes y la tía Amalia se miraron, se sonrieron y estallaron también en una risa cómplice.

--Extraño lo que da placer a algunos—dijo él. 

--Sí, no se sabe nunca lo que atrae la alegría—dijo ella. 

--A mí la alegría me la trae usted.

--Con poco se conforma—rió ella.

Tarde en la noche los niños analizábamos la extraña escena. 

--Si hubiera sido Taberna...  si ella la hubiera visto primero, se la hubiera llevado para una esquina.

--Se la habría comido.

--De todos modos, nadie la hubiera visto.

--Por eso a mí no me gustan los gatos.

--¿Por eso?

--Y porque arañan.

Aquella Pascua aprendí muchas cosas, que la belleza no depende de lo que se ve, que la ceguera del amor es voluntaria, que crecer y hacerse adulto no era tan fácil como yo creía y que lo único esencial en la vida es la alegría.  Pero sin duda alguna lo más importante fue la diferencia entre los perros y los gatos:  para el gato todo es un juego, todo lo que se mueve es presa y la vida es una cacería.  Por el contrario, si un perro encuentra algo que no entiende se lo lleva a una esquina y se lo come.

Julia Cardona nació en Puerto Rico. Estudió lingüística en la Universidad de Southern California. Tiene un doctorado en estudios hispánicos de la Universidad de Puerto Rico donde enseñó latín, alemán y francés, como su padre, el políglota don Segundo Cardona. Enseña español y sociolingüística en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill.Escribe para sus tres hijos y sostiene desde hace años un feliz duelo literario con su hermana menor, Sofía Cardona que también escribe cuentos cortos. Este relato es su segunda colaboración en nuestra revista.