ROBERT-MARIE JOHLIO (1959) cursó estudios de español en el instituto clásico de Bafúsam, en el oeste de Camerún de donde es natural. Se diplomó por la Facultad de Letras y, luego, por la Escuela Normal Superior de la Universidad de Yaúnde. Becario de la Cooperación Española, participó en diversos cursos en Madrid y Valladolid. En la actualidad, es profesor asociado en el Departamento de Español en la Escuela Normal Superior. Colaboró mucho con EL PATIO, la revista del Centro Cultural Hispano Guineano de Malabo. Su primera novela «El esqueleto de un gigante» (1998) se publicó asimismo en ese Centro. Figura en su obra inédita « Un fracasado éxito ».

El esqueleto de un gigante  está salpicado de unos cuentos que desvelan un modo de pensar y narrar, según la tradición oral africana. He aquí unos fragmentos :

 

 

« Como la gente hablaba sobre cualquier cosa, Melí  buscó el tema sobre el que le interesaba conversar.

-¡Como va cambiando este pueblo ! –comenzó por decir en tono lastimero-. Y Tatia, captando aquella muda sugerencia, anadió :

-Y cambia negativamente. Antes crecíamos junto a nuestros bisabuelos. Antes la muerte venía como algo natural y era un descanso. Pero estas muertes de niños tan tiernos y por razones tan turbias se hacen inadmisibles.

Abriendo la puerta que impuso el silencio recién creado, Melí comenzó esta historia :

« En cierto tiempo había una aldea perdida en la que vivía un hombre, un tipo altísimo, un tiarrón lleno de energía. Sus brazos y sus piernas, gruesos y duros como troncos, desanimaban cuaquier intento de provocación. En verdad que a sus treinta años, Foti, el cazador de elefantes, hacía alarde de una fuerza descomunal, propia de los héroes de antes. Y lo mismo podía decirse de su fuerza mística, pues era capaz de dar órdenes a los animales y de que éstos le obedecieran sin rechistar. Con estas condiciones su caza no podía ser ni más rápida ni más cómoda. Sólo tenía que ordenar a la manada de elefantes que se detuviera, atravesar con su lanza al que tenía los colmillos más largos y luego disolver al grupo para descuartizar cómodamente su pieza. No era extraño que su nombre se conociera en todos los pueblos de la comarca.

Encontrando tanta facilidad para su trabajo, en cierta ocasión se le ocurrió ir a cazar hasta una selva lejana de su casa donde, escondido, estaba un pueblito llamado Tamechio. En él, se decía, vivía el padre de los elefantes. Suponía que la presa sería allí un grandísimo ejemplar y no reparó en cuentas sobre cómo haría para llegar hasta su cabaña con presa tan monstruosa. Se veía capaz de transportar, él solo sobre sus hombros, al más inmenso elefante, hasta tal punto había llegado su soberbia.

El destino quiso que a las cuatro de la tarde, al día siguiente de su partida, entrase en Tamechio, cansado por la larga caminata. En la primera choza del pueblo, vio a un hombre canoso, un anciano enclenque y de apariencia repugnante, que se afanaba en espantar las moscas que le rodeaban. Sin duda debía oler a rata muerta.

-¡Hola, abuelo ! –le saludó Foti-. Soy el mejor cazador  de elefantes y vengo desde bastante lejos. ¿Podría usted alojarme por esta noche?

-¡Bienvenido a Tamechio! Mi casa está siempre abierta a quien venga, como usted parece, con pacífica intención. Aunque mi vivienda es un cuchitril, como puede ver, póngase a sus anchas.

Al oír que había llegado a su destino, el invitado se limitó a anunciar:

-Mañana muy temprano saldré a cazar-. Luego Foti se tendió sobre la estera de paja de una de las habitaciones y no tardó en conciliar el sueño.

Apenas amanecía, ya estaba atravesando zarzas y cortando lianas dentro de la más intrincada de las selvas. Mucho mayor fue la casualidad porque, al salir al primer claro, el elefante buscado estaba allí, grande como no se puede imaginar y de colmillos asombrosos. Con decir que en toda su vida Foti no había siquiera divisado un animal de tal tamaño. Pero un elefante aislado no dejaba de ser algo extraño… ¿dónde estaba el resto de la manada? Haciendo sin embargo, caso omiso de este hecho, resistiendo a su asombro y dejando sin responder las preguntas que se hacía, el cazador tomó su arma, apuntó con calma y… ¡arma y elefante desaparecieron de manera inexplicable! En aquella confusión Foti llegó a perder, incluso, el sentido de la orientación. No sabía por dónde salir, ni cómo hacer uso de sus artes mágicas. Por el contrario, tenía la impresión de que alguien le vigilaba. Y así estuvo durante tres días y tres noches, como si un lazo invisible le retuviera en el centro de un turbio remolino. Hasta que, al levantarse del cuarto día, sus pasos no encontraron impedimiento alguno y en su cabeza se dibujó el sendero de regreso hasta Tamechio.

Al llegar, Foti encontró al mismo hospitalario anciano que se sacudía las moscas y empezó a contarle lo sucedido. Pero éste le detuvo en su charla y le propuso :

-Estará hambriento, joven . Ande, vaya a la habitación y coma algo. Hace tres días que preparé un ahumado de carne. Pruébelo primero y luego hablaremos.

Al entrar en el cuarto, Foti encontró, sobre la estera en que había dormido, su desaparecida lanza. Tan boquiaberto quedó que no se dio cuenta de que alguien le seguía a hurtadillas y su sobresalto aún fue más notorio cuando sintió una palmada en la espalda. El anciano le dijo con voz muy queda :

-¡Cuidado ! No todos los animales son iguales. Entre ellos, en ocasiones, hay seres humanos especiales; y si en vez de usar su poder contra aquéllos lo hace contra los hombres, se arriesga a perder, no sólo su lanza, como ahora, sino su valentía o, lo que es lo mismo, su virilidad. Sepa que siempre habrá alguien más poderoso que usted, jovencito.

Esto último a propósito de su hombría, que tenía en considerable estima, le provocó tal desazón que, cogiendo su arma y sin mirar siquiera el puchero de barro en que aguardaba la comida, se despidió y puso rumbo a su pueblo sin pararse un instante. »

 

«El esqueleto de un gigante », Ediciones CCHG, Malabo, PP. 61-64