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Sofía Irene Cardona (San Juan, 1962) vive en un país que no aparece en muchos mapas. Comenzó a escribir desde muy joven y publicó sus poemas por primera vez junto a varios amigos y contertulios en el opúsculo poético Aguinaldo (Boston, 1983). Desde entonces, y a pesar de que se ha mantenido escribiendo a lo largo de los años, sólo ha publicado esporádicamente poemas y breves textos narrativos en páginas electrónicas, revistas y periódicos, principalmente puertorriqueños. Su libro La habitación oscura, que articula poemas derivados de sus primeros escritos con otros más recientes, saldrá publicado este año por la Editorial Terranova (San Juan, Puerto Rico). Actualmente prepara para publicación el libro de relatos n y sus imaginadas: sarta de ficciones y la historia de su invención, colabora en el relevo de escritoras “Fuera del quicio” para el suplemento cultural En Rojo del periódico Claridad, es madre de dos niños y enseña Literatura Española en el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. |
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La viuda en el jardín
Unos pocos se atrevían, animados por la coquetería de sus ojos, imaginar el cuerpo joven que tuvo algún día, escondido bajo las telas bien compuestas con las que siempre se adornaba. Debió ser una mujer bellísima, dijo alguna vez un vecino sesentón, calculando que la viuda tendría más o menos su edad. Se lamentaba no haberla visto en mejores tiempos, aunque los mejores son siempre los que tenemos delante, pero qué bueno hubiera sido - insistía - haberla conocido cuarenta años antes, o aunque fuera treinta, qué más da, cuando todavía no eran necesarios ni fajas, ni medias, ni colores oscuros.
Tal vez fuese por el rastro de belleza o por su buen carácter que a todos les parecía una mujer maravillosa. Sin duda, se pensaba, las cuatro décadas de armonía conyugal habían tenido efectos saludables para su espíritu. O acaso la viuda estaba hecha de esta manera, propensa a la felicidad. Comoquiera que se pensase, su luto parecía más una manifestación de su conformidad con la naturaleza que una concesión a las exigencias sociales por las cuales se había regido siempre, con relativa comodidad.
Ahora, al cabo de los años, sólo tenía por familia - si acaso pudiera llamársele así al que visita con frecuencia y trata con atenciones – a una joven que limpiaba la casa los jueves y un jardinero, contratado por su marido hacía ya dos décadas, que acudía a la casa mensualmente y mantenía el patio libre de maleza y matojos secos.
El jardinero era un hombre tan vigoroso como compulsivo. Llegaba al amanecer de cada segundo sábado de mes, siempre puntual, armado con los bártulos necesarios para hermosear el jardín. Había cuidado con esmero todos los árboles y plantas del patio y parecía conocerlos tan bien que cualquier diría que le pertenecían más que a los propios dueños de la casa. Jamás faltaba a sus citas, aunque el cielo estuviera desplomándose, y nunca cruzaba palabra con la viuda, aparte de lo necesario, desde el día en que lo obligó a sacrificar el rosal para ampliar la terraza, hacía ya seis años.
Así las cosas, la viuda vivía su vida sin accidentes, con la conciencia limpia, acomodada a los designios que había obedecido siempre. Parecía que la viuda no necesitaba a nadie para compensar los cuarenta años de matrimonio que habían cesado súbitamente con el infarto masivo de su esposo. Cualquiera hubiera pensado que ya tenía ensayadas las formas de enfrentar su repentina viudez. Otro hubiera pensado que quizá cuarenta habían sido muchos años de matrimonio y la viuda tenía mas de una razón para no echar de menos a su esposo y vivir apaciblemente en soledad. Lo cierto es que parecía no echar de menos a nadie.
Cuando llegaba la temporada de las fiestas no le faltaban invitaciones, entre las que debía escoger para no desairar a quienes tan gentilmente la habían acogido en sus vidas, en el momento de mayor desamparo. Así llegaba y salía para las fiestas de la temporada, siempre elegante, siempre de negro, como si hubiera vivido así toda la vida, viuda y consolada.
Nunca sucedió nada digno de contarse hasta la última fiesta del milenio, momento que se esperaba con ansiedad, temiéndose un desenlace apocalíptico. Esa noche fue como las otras, tal vez mas ruidosa, tal vez más concurrida, pero, como se verá, razones hubo en casa de la viuda para temer cómo amanecería la mañana del nuevo siglo.
La tarde de la fiesta la viuda evocó con nostalgia las bromas del difunto sobre la nueva centuria y los terribles vaticinios de fin del mundo. Recordó a su marido sentado en el sillón, pontificando con su vozarrón de patriarca sobre las supersticiones que habían acechado a generaciones de crédulos a la espera de grandes milagros.
-Ya veras que imbéciles amanecerán todos cuando vean la primera mañana del milenio: tan insulsa como la anterior.
La viuda - que no lo era entonces - reía con él pero en su fuero interno deseaba que el sabio estuviera equivocado y alguna hecatombe de fin de milenio la liberara de tanta predictibilidad.
La hecatombe se adelantó tres años, a la hora del desayuno, cuando su esposo murió sin avisar como quien deja una fiesta sin despedirse. Ahora el marido no estaba con ella para tomarla de la mano en aquel pasaje tan difícil de los tiempos. Estaba sola. De manera que, en su memoria, decidió dedicarle secretamente la celebración, para espantar posibles maldiciones. La viuda se engalanó, pues, desde muy temprano con un traje de terciopelo negro elegantísimo, un collar de perlas y, por supuesto, las pantallas de diamantes que el marido le había regalado en su última Navidad. De esta forma sentía que el espíritu del difunto la acompañaba a atravesar los linderos del siglo con el júbilo que ameritaba la circunstancia y la protección que exigían las temibles amenazas milenaristas.
La mujer se miró con detenimiento en el espejo antes de salir y pensó que la viudez le había sentado muy bien a su figura, firmemente acomodada dentro de su apretado traje de terciopelo negro. Observó de perfil la curva de su espalda y le pareció que nada había cambiado, así visto desde lejos y en la penumbra de su cuarto. Al volverse, no reparó en que el retrato del marido estaba vuelto hacia abajo, como desmayado, sobre el gavetero.
La fiesta de fin de milenio transcurrió como las otras, tal vez con más escándalo, pero sin ningún asomo de los tremebundos augurios. Su marido tenía razón, nada extraño sucedería.
A su regreso, la viuda no tenía sueño pero estaba cansadísima. Se quitó los zapatos, las medias, y no llegó a despojarse de nada más porque debía quitarse primero el ceñidísimo traje de terciopelo negro. Subió ambos brazos y buscó con los dedos el cierre, pero por más que trató no encontró forma de abrir la cremallera. Echaba los brazos hacia atrás, pegaba la barbilla al pecho, torcía la espalda, encogía los hombros, extendía los dedos, halaba el cierre, pero nada. El sudor le bajaba copiosamente entre las paletillas y por el esternón, pegándole aún más la tela al cuerpo como si fuera una segunda piel. Después de cinco minutos de trabajos comenzó a latirle el corazón aceleradamente, sintió el rostro congestionado y creyó morir.
Vencida por el cansancio o aplacada por el temor, decidió que era mejor esperar a la mañana y claudicó bajo la tiranía de las telas. Esto sólo le sucede a una mujer sola, concluyó con un suspiro. Se tiró en la cama con la carnes oprimidas y el ánimo inquieto. No podía respirar con facilidad; había comido muy bien en la fiesta sin reparar en la hinchazón de su vientre. Recordó que debía despertarse temprano porque el jardinero le había prometido venir a talar la maleza, a pesar de ser día feriado. Qué fastidio, qué imprudencia.
Esa madrugada, la viuda durmió poco y mal. Apenas podía respirar y quizá por eso soñó con el difunto. Soñó que estaba sentada, vestida con su ajustado traje de terciopelo, muy derecha en una silla altísima, de la que colgaban sus pies desnudos. Una correa ancha, negra y lustrosa, le apretaba la cintura. Soñó también con el jardín, que se espesaba rápidamente a pesar de los machetazos constantes del jardinero a izquierda y derecha, a derecha e izquierda. La altura de la maleza no dejaba entrar la luz y ya no se veía al hombre trabajando; la viuda se veía a sí misma, libre de la correa y del traje negro, corriendo descalza entre las hierbas altas. Corría y tropezaba, jadeante, buscando una salida de la maleza, hasta que se encontró en los brazos de su difunto que la abrazaba fuertemente hasta asfixiarla.
Estás sola, nadie puede ayudarte -le decía con una voz cavernosa que se quedó retumbándole en el oído.
Quizá fueron esas palabras, la falta de aire o el ruido del jardinero trajinando en el patio lo que la despertó. La viuda se incorporó asustada y se asomó por la ventana del cuarto. Eran las seis de la mañana y en la oscuridad de diciembre el jardinero parecía como un fantasma colérico, castigando los bejucos que crecían rebeldes en el patio. Apenas podía respirar, no sabía bien si por el sueño o por el traje.
La viuda sentía la necesidad urgente de liberar sus carnes y darse un baño de agua fresca. Nuevamente intentó quitarse el vestido: extendió los brazos hacia atrás, buscó el cierre, intentó tirar hacia abajo, hacia arriba y, una vez más, nada. Necesitaba ayuda. La viuda se armó de valor y caminó hasta la sala.
Por la puerta de cristal de la terraza apareció la viuda descalza y despeinada, como un espectro del viejo siglo. El ajustadísimo traje de terciopelo negro, visto en la primera luz de la mañana, era más un disfraz que un homenaje a la memoria del muerto o a la elegancia de las festividades.
El jardinero la miró primero con curiosidad y luego con cierto temor. No pudo evitar recordar el rosal desaparecido y un viejo temblor le sacudió los hombros. Qué querrá ahora la viuda. La viuda descorrió el cristal y con un gesto mudo le pidió al hombre que se acercara. Cuando lo tuvo cerca, lo miró a los ojos, con aquellos ojos de viuda, se viró de espaldas y le dijo en tono suplicante:
¿Podría hacerme el favor de desabrocharme el vestido?
Las temblorosas manos del jardinero soltaron las herramientas como quien suelta las armas de una batalla. Se acercó todavía más a la mujer que había contemplado de lejos por veinte años y, con cuidado de no rozarle la piel, buscó el comienzo de la cremallera. Ajustó las dos líneas con la mano izquierda y luego bajó con suavidad el cierre que siseó en su descenso hasta terminar debajo de la cintura. La mujer cerró los ojos y, a pesar del consuelo, procuró no suspirar. La piel de la viuda, expuesta a la mañana en un escalofrío, despedía un tenue olor a rosas.
Seguramente el jardinero no vio mucho. La viuda usaba un refajo muy negro y decente bajo el traje de terciopelo. Sin embargo, el jardinero tuvo la fantástica visión de una espalda adolescente, tersa y lozana, como la columna de un templo.
La viuda, transfigurada por el alivio y el oxígeno, turbada por la recuperación de aquel vértigo olvidado, se viró lentamente hasta plantarse nuevamente frente al jardinero.
-Le estoy muy agradecida. ¿Ahora se tomara un café conmigo?
El hombre, aún bajo los efectos de la maravilla, aceptó la invitación y, aspirando el aire del nuevo enero, se sentó a esperar la viuda en el borde de la terraza. De allí podía ver su jardín y sentir el nuevo siglo que comenzaba en todo su esplendor, como la espalda imaginada de la viuda.
San Juan, 2005
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