Arnaldo Calveyra nació en Mansilla, provincia de Entre Ríos (Argentina), en 1929. Es Licenciado en Letras. Poeta, cuentista, novelista y dramaturgo. Reside en París desde 1961. Publicó los libros de poemas Cartas para que la alegría, Iguana, iguana, El hombre del Luxemburgo, Diario del fumigador de guardia y Libro de las mariposas; la novela La cama de Aurelia; el libro de relatos El origen de la luz; y el ensayo Si la Argentina fuera una novela. Varias de sus obras de teatro (Latin American Trip¸ Moctezuma, y Cartas de Mozart) fueron representadas en Argentina y en el extranjero. La mayor parte de su obra ha sido traducida al francés y editada por la editorial Actes de Sud. Recibió la condecoración de Commandeur de l'Ordre des Arts et des Lettres, otorgada por el Ministerio de Cultura francés

Costumbres en casa

 

 

 

                 La primera estrella

traspasa la ventana

y descansa del viaje

en el centro de la mesa.

             Jarra fresquita

Olorosa a primavera,

ropero

de la pieza de al lado

-un traje persiste

en el olor de la muerta-,

 

             silla que mira al campo.

            

             Campo.

 

             Colonias de malvones

golpean a las puertas.

 

             Si Virgilio viviera

diría

lo rosadas que parecen esas nubes.

 

             El alma ya pronta

a la muerte por suelo.

 

             Te llevaré la mañana temprano

en un vaso de agua.

 

 

 

 

 

Los bares

 

 

 

 

 

Van Gogh los pintó en la espera de la noche

aunque con una luz más triste,

su emoción equivalía a un pájaro,

a una vieja recogiendo flores.

 

 

La ciudad nos obliga a estar con las manos

juntas a la espera de la noche.

Ellos, los bares,

cuando la noche llega,

dejan el hombre a solas

tal un relieve egipcio contra el muro.

Son como esas personas

que cuentan más por su recuerdo

que por ellas mismas,

secretan un pasado fértil de su inútil presencia.

 

 

 

Patriarcales, se apagan del interior

igual que los sueños.

Y después, cuando los bares se iluminan

la ciudad se queda sola como el campo.

Instantes de un castillo de arena

 

 

Lo teníamos con una mano. Sin caer superficie apagada por las

orillas tornasoleadas de la lengua. Por hablarnos casi, murallita

entretenida en el sol demasiado. Te abriré una puerta, una ventana,

una bajamar de aldea.

 

El mar, la carretera nacional. Ni parada ni tiesa. A tocar con

estos ojos.

 

             En vano unos niños se lo han pedido al mar. Entra, se instala.

Napoleón paralítico que destroza. Canta. La sal, el torreón, la

bandera.

 

             Escúchalo.

Nosotros.

 

             Una niñita basta, consigue atravesarlo, encuentra las cocinas.

 

             Cantamos una marsellesa en el desastre. No lo para. Se cae en

pedazos el puente levadizo.

 

             Difícil tiempo.

 

             Encuentro aquel esqueleto del sol extraviado en los años.

 

             No, no volveremos.

 

             El agua vertical de la ola color viento. Lejos, ¿por qué no todo

el mar?

 

             Una escoba siete mares, el mar.

 

             La bandera era lo que más queríamos, lo que más nos gustaba,

la bandera incolor en la luz.

 

             Mañana por la mañana.

Caminaba el hombre

 

Caminaba el hombre

llevado por su estrella,

no diferente al yuyo

que al agacharse

toca con la mano

 

hombre

atendido por su estrella,

forma dulce de tierra

por cuestas de retama

 

de loma en loma

hablado por los pájaros

 

herido por cinco pies de

tierra

 

como las nubes errantes

busca arroyos

donde aliviarse,

reflejarse

 

y la vara de nardo

de la luz

que lo conversa

 

brillante de verde

de hondonada

 

olías a

lentamente tierra,

la tierra curva

de Entre Ríos

 

llegada de su noche

una lumbre siempre pronta

que lo entibia

 

el hombre, el doble de su estrella

atraído por su sol

 

¿dónde los cinco pies

de tierra

que lo exaltan

en la voz de la calandria?

 

creencia dulce

de senderos.

 

 

22, rue de la Santé

 

¡Temprano de panes azules

mañana primaveral de 1896,

 

la portera los compra, los

dispone por habitaciones,

encorvada por años

de comprar panes,

de bajar y subir escalones

amarillos –y con ese ojo

que le llora!

 

(la penumbra es tu pieza

dejada al amanecer

por calles y más calles

de la ciudad ignota),

 

no ha terminado de bajar

el último peldaño

que ya los panes

viran del azul,

¡panes

de tu pieza

para siempre azules!

 

Edvard Munch, 1950